Sección 4 de 9
Una puerta
Golpeó con más fuerza de la necesaria.
—Ocupado —respondió Diego.
Sofia esperó mirando el marco, divertida por cómo había sonado la respuesta. Cuando se abrió la puerta buscó directamente los ojos de Diego. Él la esquivó y pasó a un lado.
Entró todavía sonriendo.
La cisterna se estaba llenando y la mesada estaba húmeda. Se acercó y buscó alguna señal, como el jueves. Nada.
Esta vez te aplicaste, pensó, aunque no podía comprobar su sospecha.
Se miró en el espejo. Le gustaba esa impresión de tener una ventaja pequeña y secreta, de poder provocar una reacción sin que nadie terminara de entender cuánto había sido intencional.
Se subió unos centímetros la falda, doblando la cintura para acomodarla, y abrió dos botones de la camisa. Probó quitarse el corpiño, evaluó el resultado en el espejo y sonrió ante su propia audacia. Al acercarse a la puerta le ganó la vergüenza y volvió a ponérselo.
Hasta ahí no, señora.
Pero dejó la falda más corta y los botones abiertos. Se puso perfume. El conjunto podía pasar por un descuido, se dijo, aunque mientras lo pensaba sabía perfectamente que no lo era.
Salió y fue al sector de los chicos con la excusa de buscar unos papeles. Notó la mirada inmediata de Denis y la de Diego, más breve. Fingió concentrarse en la búsqueda y regresó a su escritorio.
Abrió el correo y se quedó escuchando.
Los oyó hablar en voz baja, pero no distinguió las palabras. Le dieron ganas de preguntar qué decían. No lo hizo: habría revelado lo mucho que le interesaba la respuesta.
Leyó la primera línea del correo tres veces sin avanzar.

