Sección 6 de 9
La suplencia
En recepción le dijeron que su ginecóloga habitual no estaba atendiendo.
Sofia miró a la mujer detrás del escritorio, esperando una explicación que incluyera por qué nadie la había avisado.
—Hay un suplente —le dijeron—. Si preferís, podemos darte otro turno.
Había tardado casi una hora en llegar. Volver a organizar la tarde significaba otro permiso, otro viaje, otra cosa pendiente. Aun así, no le gustaba tener que decidir allí mismo si iba a atenderse con alguien desconocido.
La recepcionista le habló de experiencia y trayectoria. Sofia escuchó sin que eso eliminara la incomodidad.
—Está bien —dijo al fin—. Espero.
Había dos mujeres antes que ella. Las vio entrar y salir sin prestar atención al reloj hasta que la demora empezó a hacerse larga. Una salió sonriendo. Sofia no sabía de qué habían hablado y bajó la vista al teléfono.
Cuando dijeron su nombre, guardó el aparato y se levantó.
Al otro lado de la puerta había un hombre canoso, alto, con una bata abierta sobre la camisa. Le indicó la silla frente al escritorio.
Sofia se sentó todavía molesta por el cambio.
—Venía para un control de rutina —explicó—. Siempre me atiendo con la doctora.
Apoyó el bolso junto a sus pies y esperó la respuesta.
El médico asintió.
—Entiendo. Podemos dejarlo para cuando vuelva ella, si te resulta más cómodo.
Sofia negó con la cabeza. Había llegado hasta allí y quería terminar con el asunto.
Él le preguntó por el motivo del control, tomó algunas notas y explicó cómo seguirían. Hablaba despacio, con una amabilidad que a Sofia le resultó excesiva al principio. Después agradeció que no tratara su incomodidad como una tontería.
Cuando le indicó el lugar donde cambiarse, se quedó del otro lado del biombo. Sofia dejó la ropa sobre una silla y se puso la bata. La conversación sobre el tiempo continuó a través de la tela: el sol, los días grises, la oportunidad de almorzar afuera.
Ella le contó lo de su amiga. Le salió con una facilidad inesperada.
