Sección 2 de 9
El café
Sofia fue a buscar agua. La heladera estaba al fondo de la cocinita y Denis ocupaba el espacio junto a la cafetera. Cuando ella quiso volver, él había empezado a lavar piezas que Sofia no recordaba haberlo visto lavar jamás.
Se quedó con el vaso en la mano.
—Mirá qué aplicado.
Denis comenzó a explicar algo sobre el café. Ella lo escuchó un rato, primero por educación y después porque le causaba gracia la seguridad con que hablaba. No sabía si realmente sabía tanto o si lo había aprendido la noche anterior.
Mientras él seguía hablando, Sofia dejó que la mirada bajara de sus hombros a la espalda y después a la cola. Nunca se había detenido a mirarlo así. Siempre había habido una historia, un chiste o alguna pavada ocupando el lugar del hombre que tenía delante.
Linda cola, pensó.
Levantó apenas las cejas, sorprendida por su propia evaluación. Denis seguía de espaldas, explicando algo sobre el origen del café. Ella volvió a mirar. Era robusto, ancho; parecía de esos hombres que podían alzar a alguien sin hacer demasiado esfuerzo.
Mirá vos. El payaso tenía lo suyo.
Él dijo algo que esperaba una respuesta y Sofia asintió, esperando no tener que repetirlo. No se había enterado de su pequeña inspección. Eso la divertía: Denis tan convencido de que podía leer a todo el mundo, y ella mirándole la cola mientras le hablaba de café.
El espacio era incómodo. Denis tenía una espalda ancha y se movía sin advertir —o sin querer advertir— que ella esperaba pasar. Sofia apoyó el vaso y miró la puerta por encima de su hombro.
—¿Te falta mucho?
—Lo bueno lleva tiempo.
—Tengo que trabajar, Denis.
Él terminó de servir y le ofreció la taza.
—Aquí tiene, mi reina.
Sofia se rio y sintió calor en las mejillas. «Mi reina». Qué pavada. Y qué lindo que se lo dijeran, aunque viniera de aquel payaso.
—Qué tonto que sos.
La puerta de la oficina se abrió.
—Buen día —dijo Diego desde el otro ambiente.
Sofia sintió una urgencia absurda por salir de la cocina. No estaba haciendo nada que necesitara explicación. Había ido por agua y ahora tenía un café. Sin embargo, le molestó imaginar la escena vista desde afuera.
—Permiso —dijo.
Pasó por el hueco estrecho junto a Denis y se rozó con su brazo al salir.
—Me quiero matar —lo oyó murmurar.
Entendió a qué se refería. Le incomodó que lo dijera, pero junto con la incomodidad apareció una satisfacción que prefirió guardarse. Había conseguido dejarlo pensando con un cruce de unos segundos. Ella, que hasta hacía poco creía pasar por aquellos ambientes ocupada únicamente en el trabajo.
No se volvió. Siguió con la taza en la mano.
Diego estaba junto a la bandeja de facturas.
—Buen día —respondió ella.
Él levantó la vista, la saludó con un movimiento de cabeza y volvió a los papeles. Sofia llevó la taza a su escritorio procurando no apurar el paso.
