Sección 5 de 9
Fuera de la oficina
La llamada de su amiga le dio una razón sencilla para salir. Trabajaba a unas cuadras y proponía almorzar juntas. Sofia miró la hora: podía comer y después ir directamente al consultorio.
Avisó a los chicos que probablemente no volviera esa tarde, que tenía una consulta médica. Dejó aclarados los pendientes y salió con el bolso al hombro.
El restaurante estaba lleno de oficinistas. Al entrar, una conversación cerca de la puerta se interrumpió; dos hombres miraron y otro se inclinó hacia su compañero para decirle algo. Más al fondo también se volvieron cabezas.
Sofia buscó una mesa, acostumbrada a no darse por aludida. Su amiga, una mujer adulta de cuerpo grande, tenía mucha menos intención de ignorar el espectáculo. El contraste entre las dos parecía hacer todavía más visibles aquellas miradas hacia Sofia.
—Hoy vinimos con público —le dijo en voz baja.
—No seas tonta.
—Sí, claro. Están mirando la carta.
Sofia se rio y se acomodó la falda al sentarse. Recién entonces recordó que había salido de la oficina con la ropa tal como la había dejado en el baño.
Su amiga no era especialmente agraciada, según el criterio de Sofia, pero tenía una facilidad con los hombres que ella nunca había tenido. Si alguien le gustaba, miraba. Si la miraban, devolvía la mirada. No necesitaba pasar una tarde pensando si una sonrisa había significado demasiado.
Uno de los hombres de la mesa vecina volvió a mirar. La amiga lo sostuvo un momento y después retomó la conversación como si nada.
Qué rápida, pensó Sofia, entre admirada y divertida. Todavía no habían pedido y ella ya había elegido a quién mirar.
Sofia escuchaba risas y comentarios a sus espaldas sin distinguir todas las palabras. No podía saber qué decía cada mesa, pero reconocía los codazos, las cabezas acercándose y las miradas que se retiraban demasiado tarde. Le habría resultado fácil molestarse. Esa vez también le dio curiosidad.
Su amiga le indicó discretamente uno de los que miraban.
Sofia no se volvió enseguida. Esperó a que llegara el mozo, aprovechó el movimiento y miró de costado. Encontró unos ojos pendientes de ella y regresó a su amiga con una sonrisa que intentó disimular detrás del vaso.
—¿Viste? —le dijo la otra.
—Comé, que después llegás tarde.
Pero se quedó pensando en aquella facilidad para mirar y ser mirada. La misma mañana había observado a Denis sin que él supiera nada; ahora eran otros los que parecían creer que ella no advertía sus pequeñas maniobras.
Conversaron y se rieron. Sofia no salió del restaurante convertida en otra mujer, pero sí con una conciencia más incómoda, y por momentos más divertida, de la atención que recibía.
Después se despidieron en la vereda. Su amiga regresó al trabajo y Sofia salió hacia la consulta.
