Sección 1 de 9
Antes de las ocho
Sofia había salido de casa con la impresión de que se olvidaba algo. Repasó las mochilas al dejarlas en el colegio, miró el asiento trasero antes de arrancar y recién en el camino hacia el centro entendió qué le resultaba extraño: no estaba apurada.
El sol daba de frente en algunas esquinas. Después de tantos días grises, las fachadas del recorrido parecían otras. Se acomodó los lentes de sol y bajó un poco la ventanilla.
A ella le gustaban los días de oficina. Podía quejarse del viaje y de las interrupciones, pero trabajar desde casa tenía algo de jornada interminable, de pasar de una obligación a otra sin salir nunca del mismo lugar. El martes podía elegir una camisa, conversar con alguien, tomar un café lejos de las cosas que todavía tenía que ordenar en el apartamento.
Llegó veinte minutos antes de lo habitual.
Al abrir la puerta escuchó una voz que intentaba seguir una canción y se perdía bastante antes de cada estribillo. Denis estaba frente a la computadora, con auriculares, completamente convencido de que nadie lo oía.
Sofia pasó detrás de su silla. Él la vio reflejada en la pantalla y se sobresaltó.
—¡Boluda, me asustaste!
—Vos me asustaste con tus alaridos.
Denis se quitó los auriculares. Sofia dejó el bolso y lo miró con exagerada atención.
—¿Qué pasó? ¿Te echaron de algún lado y por eso viniste temprano?
—Quise venir temprano para estar solo y esperarte con un rico café.
Ella miró hacia la cocina.
—Payaso. La jarra está vacía.
—Todavía. No te apures.
Se levantó con la solemnidad de alguien a quien acababan de encargar una tarea importante.
