Sección 4 de 6
Cuando bajaron las voces
A las cinco Diego se acercó con la mochila.
—Lo mío quedó en la carpeta. Si encontrás algo, me escribís.
—Gracias, Diego. Andá tranquilo.
Él se quedó un segundo, como si pensara en otra cosa, y después se despidió. Fede había terminado lo que ella le indicó; también se fue. La revisión final seguía en su pantalla.
Un rato más tarde salió Eduardo. Sofia le dijo cuánto faltaba, recibió la orden de enviarlo y oyó la puerta cerrarse.
Siguió trabajando hasta que el silencio le llamó la atención.
Al levantar la cabeza descubrió a Denis en su puesto.
—¿Vos no te vas?
—Ya voy. Me faltaba una cosa.
Sofia asintió. No tenía energía para preguntarle cuál.
Terminó la revisión y envió el archivo. Miró el correo en la carpeta de enviados, comprobó el adjunto y recién entonces apartó las manos del teclado.
Denis apareció con un vaso de agua.
—Tomá. Tenés una cara de haber discutido con una impresora y perdido.
Sofia se rio por primera vez en varias horas. Una risa corta que casi le dolió.
—Hoy la impresora se portó bastante bien.
Él se apoyó en el borde del mueble, a un costado de su silla. No necesitó preguntarle demasiado. Sofia empezó por el archivo y terminó contándole que había tratado de evitarle un problema a Fede.
—Y quedé como una idiota —dijo.
—No tenés que arreglarles la vida a todos.
Sofia giró el vaso entre las manos.
—¿Y quién me la arregla a mí?
La frase le salió sin la sonrisa con que habría podido convertirla en un chiste. Bajó la vista. No quería llorar delante de Denis. Tampoco quería escuchar otra explicación sobre lo que tendría que haber hecho.
Él le apoyó la mano en el hombro.
Sofia no se apartó. La presión era cálida a través de la blusa. Aflojó el cuello y dejó caer un poco la cabeza, agradecida por aquel contacto tan sencillo. Hacía horas que todos parecían hablarle desde el otro lado de una exigencia.
—Podés dejar que alguien te cuide un rato —dijo Denis.
Sofia levantó los ojos.
De cerca vio la barba incipiente, el cuello de la camisa abierto y la amplitud del pecho. Se acordó de haberle mirado la espalda en la cocina el martes. Allí, sentado de medio lado sobre el mueble, tenía la misma comodidad de hombre que rara vez parecía pedir permiso para ocupar un espacio.
Le gustó la sensación de no tener que sostener una conversación ella sola. Le gustó también el calor de la mano. Podía reconocerlo sin decidir nada más.
—Mirá quién habla —dijo, procurando recuperar la broma—. Vos no te cuidás ni el horario.
Denis sonrió. Sofia le miró la boca al devolverle la sonrisa y enseguida volvió a sus ojos.
Él se inclinó.
Al principio pensó que iba a decirle algo en voz baja. Después advirtió hacia dónde venía su cara. Giró la suya y le puso una mano en el pecho, apartándolo antes de que llegara a besarla.
—No, Denis. No confundas las cosas.
Él retiró la mano del hombro.
—Perdón. Pensé que…
—Pensaste mal.
Sofia se levantó. La silla chocó contra el mueble de atrás. Agarró el saco con un movimiento torpe y tuvo que sacudir una manga antes de poder ponérselo.
La bronca no era solamente por el beso que había intentado darle. Durante unos minutos se había permitido estar cansada delante de él. Ahora sentía que esos minutos habían quedado convertidos en otra cosa.
—Te estaba contando lo que me pasó.
Denis abrió la boca y la cerró.
—Sí. Me equivoqué.
Ella guardó el teléfono en el bolso. Todavía recordaba la sensación agradable de la mano en su hombro, y eso la irritó más. No quería tener que demostrar que había sido desagradable todo el tiempo para que su rechazo resultara claro.
Pasó junto a él sin mirarlo. Denis se apartó y no la siguió.
En el ascensor se abrochó el abrigo. Tenía un botón mal puesto. Lo corrigió con una violencia inútil.

