Sección 1 de 4
Volver
Eduardo abrió la puerta del estudio y aspiró el olor a café recalentado con más satisfacción de la que le habían producido varios desayunos europeos.
Había vuelto con fotos de edificios que no necesitaba volver a ver y la sensación de haber pasado buena parte de las vacaciones esperando: a que su esposa terminara de arreglarse, a que abrieran un museo, a que llegara una comida cuyo nombre había tenido que señalar en la carta. Ella había organizado el viaje con entusiasmo. Él había contado los días que faltaban para regresar, procurando no decirlo cada vez que le preguntaba si la estaba pasando bien.
Lo peor había sido no poder aburrirse solo. Cada silencio necesitaba una explicación.
En la oficina, al menos, un hombre podía quedarse callado frente a una pantalla sin que nadie le preguntara si estaba enojado.
Dejó el abrigo en su despacho y salió a saludar.
Sofia se levantó junto a la ventana. Llevaba una falda oscura, medias y una blusa color crema bajo un saco abierto. Se había recogido el pelo sin esconder del todo la nuca. Eduardo la miró mientras ella terminaba de acercarse, primero a la cara y después un poco más abajo, aprovechando la distancia.
Eso sí que lo había extrañado.
—Buen día. ¿Cómo estuvo Europa? —preguntó ella.
—Europa sigue donde la dejé. ¿Ustedes se portaron bien?
Sofia sonrió por educación. Le dio la bienvenida con un beso breve en la mejilla, el mismo saludo de siempre. Eduardo percibió su perfume y sintió el impulso de apoyar una mano en su cintura. Se conformó con tocarle apenas el brazo.
—Te traje trabajo —dijo ella, mostrándole una carpeta.
—Yo esperaba otra cosa.
—Entonces volviste al lugar equivocado.
Lo dijo sin brusquedad, con esa facilidad para dejarlo afuera de una conversación que él creía estar iniciando. Eduardo se rio. Le gustaba hasta eso: que no se pusiera torpe, que no fingiera no entenderlo. Años después, seguía encontrando entretenida la idea de hacerle perder alguna vez aquella compostura.
Entró a su despacho con la carpeta.
