Sección 1 de 4
La tarde
Ricardo leyó el mensaje de Sofia mientras estaba contestando otro sobre mercadería.
Iba a salir tarde. Tenía que terminar un trabajo.
Respondió «Dale» y regresó a la conversación anterior. Un cliente preguntaba por un equipo que no tenía disponible. Le propuso una alternativa, explicó la diferencia y esperó. Al rato recibió un «lo pienso».
Últimamente había demasiada gente pensando.
Durante el día había escuchado hablar de inflación, de precios que se movían más rápido que los salarios, de lo difícil que era calcular qué comprar. No necesitaba el resumen económico. En CompuCiudad tenía mercadería que no conseguía reponer con facilidad y gente que consultaba mucho antes de decidir una compra.
Cerró la conversación y fue a ocuparse de los chicos.
Les dio de comer, escuchó las historias del colegio y ayudó con lo que faltaba. Lo hacía con naturalidad. Le gustaba ver cómo una pregunta sencilla podía convertirse en un relato largo si uno no apuraba la respuesta.
Al ordenar la cocina miró la hora.
Sofia seguía sin llegar.
No tenía nada de extraordinario; precisamente eso empezaba a molestarlo. Lo extraordinario habría sido que terminara a las cinco, volviera y pudieran cenar tranquilos. Se acordó de los fines de semana en Pinamar, donde de todos modos ella encontraba algún momento para revisar el teléfono.
Él también lo hacía. Apartó esa comparación con la facilidad de quien tiene otras cosas urgentes que pensar.
