Sección 1 de 5
Media hora
A las doce y veintisiete, Sofia ya había leído tres veces la misma fila.
Le molestó descubrir que estaba esperando. Un café con Diego. Lo había ofrecido ella; podía levantar la vista y recordárselo sin convertir aquella media hora en nada especial.
Lo hizo a las doce y media.
—¿Vamos?
Diego guardó el archivo enseguida.
Eligieron un café próximo al estudio. Sofia se quitó el abrigo y lo puso en el respaldo. Él apartó la silla para dejarla pasar; ella agradeció y, al sentarse, vio que Diego esperaba a que terminara de acomodarse.
La mesa era pequeña. Desde allí podía verle una pestaña suelta sobre la mejilla, un pliegue de la camisa junto al cuello. Detalles que nunca había tenido motivo para mirar tan de cerca. Le dieron ganas de quitarle aquella pestaña con un dedo. Se acomodó en la silla.
Pidieron. Sofia dejó el teléfono dentro de la cartera.
—¿Pudiste hablar con ella?
Diego negó despacio.
—Ayer no nos vimos.
Sofia se arrepintió de haber preguntado tan pronto. Quería escucharlo, pero también había querido verlo sentado allí, delante de ella, sin una planilla entre los dos. Había sido demasiado eficaz recordándole a la novia.
Él explicó que no sabía cómo empezar una conversación sin que pareciera un reclamo. Sofia lo escuchó con el antebrazo apoyado sobre la mesa. Podía ayudarlo a encontrar las palabras. Una parte menos generosa de ella prefería que aquella conversación con Estela siguiera pendiente un poco más.
—A veces uno se pasa el día haciendo cosas y llega a la noche sin saber cómo hablar con la persona que tiene al lado —dijo.
Diego la miró.
—¿A vos también te pasa?
Sofia hizo girar la taza. Había dejado asomar algo propio. Podía responder con una generalidad y volver a preguntarle por Estela; en cambio, se quedó mirando el pequeño círculo de café que se había formado sobre el plato.
—Me pasa que llego cansada y tengo ganas de que alguien se dé cuenta sin tener que explicarlo.
—Y capaz el otro está esperando lo mismo.
Sofia levantó los ojos.
—Capaz.
Él no se apresuró a completar la idea. Ese silencio le permitió descansar un momento de su propia frase. No necesitaba contarle la discusión con Ricardo ni hacer de aquel café una enumeración de todo lo que le faltaba.
El ruido de una taza contra un plato llegó de la mesa vecina. Sofia tomó la suya entre las manos; la loza le calentó las palmas. El aroma del café se mezclaba con el pan tostado de otra mesa y, cada vez que Diego se inclinaba para escucharla, ella percibía algo tenue de su ropa limpia.
Le preguntó por la universidad. Él habló del esfuerzo de volver a concentrarse después del trabajo, de leer una página y descubrir que tenía que empezarla otra vez. Sofia sonrió antes de que terminara.
—Eso también me pasa.
—Bueno, me quedo más tranquilo.
—¿Porque a mí me cueste?
—Porque parecía que vos podías con todo.
Lo dijo con una sonrisa que quitaba solemnidad a la frase. A Sofia le gustó más de lo que habría querido. Había pasado mucho tiempo intentando dar aquella impresión; sentada allí, tuvo ganas de que Diego conociera también lo que había detrás.
—No te confíes. Algunas cosas las disimulo bastante bien.
Él sostuvo su mirada. Sofia tomó un sorbo para no añadir nada.
Hablaron de lo difícil que era dejar de pensar en pendientes aun cuando ya no podían hacer nada por ellos. Diego empezó a responder con menos cuidado, a devolverle preguntas. Sofia se descubrió esperando cada sonrisa pequeña que le cambiaba la cara antes de contestar.
—En la oficina hablás mucho menos —dijo.
—En la oficina sos mi jefa.
—Acá también.
—Ya sé.
El tono hizo que ambos sonrieran. Sofia apoyó la taza y se inclinó un poco hacia él.
—¿Y yo soy difícil?
Diego levantó apenas las cejas.
—¿En qué sentido?
Ella sintió el doble sentido de su propia pregunta un instante después de haberla hecho. Le gustó que él no la ayudara a retirarla enseguida.
—Para hablar.
—No. Pero me estás tomando examen.
Sofia soltó una risa y, sin pensarlo, apoyó la mano sobre la de él.
Fue un gesto de confianza, de esos que acompañaban una risa antes de que hubiera tiempo de decidirlos. Sintió bajo la palma la piel tibia de Diego y el relieve suave de sus nudillos. La sorpresa le llegó cuando su mano ya estaba allí.
No la quitó.
Diego dejó de sonreír de la misma manera. Sus dedos se movieron apenas contra la mesa, sin tomar los de ella. Miró el contacto y después levantó los ojos.
A Sofia se le acortó la respiración. Había querido verlo mirarla así sin haberse permitido imaginar lo difícil que sería sostenerlo. Tenía la mano quieta sobre la suya y, de pronto, estaba pendiente de la distancia entre sus caras, de cómo él había entreabierto los labios antes de quedarse callado.
Podía retirarse. Seguía sin hacerlo.
El color le subió a las mejillas. Bajó los ojos y recogió la mano hacia la taza, con una vergüenza que le volvió torpes los dedos.
Diego no se rio ni buscó una broma para deshacerlo.
—Se me enfrió —dijo ella, mirando el café.
—A mí también.
Sofia volvió a mirarlo. Encontró una sonrisa contenida, distinta de la de antes, y le respondió con la suya.
No sabía qué se había dicho él durante aquellos segundos. Sabía que había mirado su mano y después sus ojos, que también se había quedado sin palabras. Le resultaba cada vez más difícil llamar imaginación a todo lo que estaba sintiendo.
Se llevó un mechón detrás de la oreja. El pelo volvió a caer y esta vez lo dejó. Había notado que Diego seguía el gesto; esa atención le produjo unas ganas absurdas de hacerlo otra vez.
Él retomó lo de la universidad. Sofia le preguntó algo y la conversación siguió, aunque ahora cada pausa parecía darles tiempo para recordar el contacto. Ella mantuvo la mano junto a la taza. Se descubrió calculando lo poco que tendría que moverla para alcanzarlo de nuevo.
Unos minutos después miró la hora.
—Vamos a tener que volver.
—Sí.
Ninguno se levantó de inmediato.
