Sección 1 de 3
El gesto
Diego había aceptado el café pensando que sería más fácil hablar lejos de la computadora.
No había calculado lo que cambiaría ver a Sofia dejar la cartera junto a la silla y prestarle toda la atención. En la oficina siempre había algo por terminar, una voz que podía llamarla desde otro sector. Allí él se encontró deseando hablar despacio.
Al comienzo habló de Estela. Encontró palabras para explicar aquella distancia que, contada de corrido, parecía mucho más pequeña que cuando la vivía. Sofia escuchó sin interrumpirlo. Diego agradeció que no se apresurara a decirle qué tenía que hacer.
Después ella habló de llegar a la noche sin saber cómo conversar con la persona que uno tenía al lado.
—¿A vos también te pasa?
Sofia bajó la vista a la taza.
—Me pasa que llego cansada y tengo ganas de que alguien se dé cuenta sin tener que explicarlo.
—Y capaz el otro está esperando lo mismo.
—Capaz.
Diego dejó de pensar por un momento en lo que había ido a contar. Ella tenía una manera distinta de mirar cuando no estaba esperando que él completara un trabajo. La vio pasar el pulgar por el borde del plato y tuvo ganas de quedarse hablando hasta que volviera a sonreír.
Lo consiguió sin proponérselo al contarle lo de los apuntes. Sofia también conocía aquella sensación de leer sin retener nada. A Diego le hizo gracia imaginarla perdiendo la paciencia ante una página; se lo dijo con cuidado y ella se rio de su manera de tranquilizarse a costa ajena.
Ya no estaba midiendo cada respuesta. Cuando Sofia le dijo que en la oficina hablaba menos, contestó:
—En la oficina sos mi jefa.
—Acá también.
—Ya sé.
Era difícil olvidarlo. También resultaba difícil seguir pensando solamente en eso cuando la tenía tan cerca, con el ruido del café alrededor y aquella voz un poco más baja, elegida para una mesa de dos.
Sofia se inclinó hacia él.
—¿Y yo soy difícil?
—¿En qué sentido?
La pregunta le salió antes de decidir si estaba siendo demasiado atrevido. Ella tardó apenas en responder.
—Para hablar.
—No. Pero me estás tomando examen.
Sofia se rio y le apoyó la mano sobre la suya.
Diego sintió primero el calor, después el peso leve de sus dedos. Tenía la mano descansando sobre la mesa; de pronto, moverla se volvió una decisión que no sabía cómo tomar.
La risa de ella se apagó. El contacto seguía allí.
Miró sus manos y luego sus ojos. Notó el propio pulso, demasiado rápido para estar sentado tomando un café. Le preocupó que se le notara todo en la cara. Había fantaseado con Sofia muchas veces; ninguna de esas imágenes le había explicado cómo responder a un gesto tan sencillo cuando ocurría de verdad.
No quiso sujetarla ni hacer que tuviera que retirarse de un agarre. Dejó la mano quieta. Apenas movió los dedos, nervioso, y volvió a mirarla.
Sofia también parecía haberse quedado a mitad de una respuesta. Tenía los labios separados y un rubor que antes no estaba. Diego vio cómo bajaba los ojos y retiraba la mano hacia la taza.
El aire sobre su piel le hizo notar cuánto calor le había dejado.
—Se me enfrió —dijo ella.
—A mí también.
No había comprobado el café. Necesitaba contestarle algo que le permitiera seguir allí sin obligarla a explicar el gesto.
Ella sonrió otra vez. Diego sintió alivio y unas ganas enormes de acercar la mano a la suya. Se quedó donde estaba.
Había podido ser una confianza espontánea, una risa acompañada de un contacto. Lo que no conseguía ignorar era lo que había venido después: Sofia no la había retirado enseguida, lo había mirado, se había puesto colorada. Diego se sintió, por primera vez, menos solo dentro de aquella atracción.
No sabía hasta dónde llegaba lo que ella sentía. Tampoco necesitaba resolverlo allí para notar que algo entre los dos acababa de cambiar.
Sofia se acomodó el pelo detrás de la oreja. Él siguió el movimiento sin lograr disimularlo. Cuando volvieron a cruzar los ojos, la sonrisa de ella lo dejó todavía más nervioso.
Retomó lo de los estudios. Hablar de algo conocido le ayudó a recuperar la voz, pero empezó a percibir otros detalles: las pausas de Sofia antes de responder, el roce de su manga contra la mesa, el aroma que llegaba cuando ella se inclinaba. La escuchaba y, al mismo tiempo, deseaba que la conversación tardara más.
Unos minutos después Sofia miró la hora.
—Vamos a tener que volver.
—Sí.
Diego no se levantó enseguida. Ella tampoco.
Salieron y caminaron hasta el estudio hablando todavía. Al entrar, Diego recuperó su puesto y abrió el archivo. Tuvo que revisar una carga que había hecho mal.
Cada vez que la escuchaba al otro lado de la oficina, recordaba el calor de aquella mano y la expresión de Sofia al retirarla. Podía concentrarse en el trabajo durante un rato. Después ella decía su nombre y él volvía a sentir la mesa pequeña entre los dos.
