Sección 1 de 3
Antes de irse
Denis guardó lo último con un ojo en la hora. Si se entretenía, iba a llegar al partido con los demás ya jugando, y después tendría que escuchar las quejas como si alguno le estuviera pagando un sueldo por correr.
Fue a la cocina y encontró a Federico mirando el teléfono. Tenía esa cara que Denis conocía bien: la atención puesta en alguien que no estaba allí.
—¿Seguís con la uruguaya?
Federico guardó el aparato.
—Estela. Se llama Estela.
—¿La de Montevideo?
—Sí. El martes nos vimos de nuevo.
—Mirá vos. Vas en serio.
—Me gusta, Denis.
Denis sonrió. Había esperado alguna anécdota, algo que permitiera seguir la conversación. Fede parecía cuidar lo que decía, y él tampoco tenía demasiadas ganas de sacárselo con preguntas.
No se llevaban tan bien. Los dos querían un puesto mejor, y a Denis le fastidiaba pensar que los cinco años de Federico, su título y aquella súbita aplicación pudieran pesar más que todo el tiempo que él llevaba allí. Eso no significaba que fuera a hacer un esfuerzo extraordinario esa tarde: tenía un partido y pensaba llegar. Pero la comparación le quedaba dando vueltas.
Eduardo llamó a Federico al despacho. Denis lo vio entrar con la computadora y ajustó la correa del bolso.
Por un momento le molestó que la jornada de Fede siguiera a solas con el jefe. Después recordó el fútbol y salió sin esperar a ver cuánto duraba la reunión.
