Sección 4 de 5
La novia
Cerca de las cinco, Eduardo llamó a Federico al despacho. La puerta se cerró. Sofia terminó un correo y levantó la vista al escuchar abrirse la entrada.
La mujer que apareció se detuvo un momento, buscando a alguien.
—Hola. ¿Está Diego?
Tenía el pelo negro a la altura de los hombros y una cara delicada. Sofia supo quién era antes de que él dijera su nombre. Le molestó la facilidad con que lo supo.
Diego se levantó sorprendido.
—¿Qué hacés acá?
Estela sonrió.
—Vine a buscarte.
Él se acercó y después miró a Sofia.
—Sofia, ella es Estela, mi novia. Estela, Sofia.
—Un gusto. Diego me habla de vos.
—Espero que bien.
—Siempre —dijo él.
Sofia sonrió. Lo hizo con precisión, sin mostrar los dientes más de lo necesario.
Estela era muy bonita. Podía admitirlo sin problema cuando lo pensaba como una descripción; el problema empezaba al verla seguir con los ojos a Diego mientras guardaba sus cosas. Tenía derecho a esperarlo. Podía apoyarle una mano en el brazo cuando él volviera. Podía llevárselo sin tener que construir primero una excusa razonable.
Sofia miró la mano de Estela y recordó la suya sobre la mesa del café.
—Hasta mañana —dijo Diego.
—Hasta mañana.
Salieron. La puerta terminó de cerrarse.
Casi enseguida, Federico abrió la del despacho con unos papeles en la mano. Preguntó si Diego ya se había ido. Sofia respondió que sí y volvió a la pantalla.
No tenía ganas de contarle nada.
