Sección 1 de 5
Terminar primero
El martes Federico terminó una planilla y la revisó antes de mandarla.
Después volvió a abrirla.
No había encontrado un error. Estaba buscando algo que hacer hasta que llegara la hora de irse.
Del otro lado del sector, Diego guardaba unos papeles. Federico estuvo por contarle que la mujer misteriosa había vuelto a aparecer. Le habría gustado ver esa sonrisa breve con la que su compañero recibía las buenas noticias ajenas. También sabía lo que venía después: una pregunta, la cena pendiente, él prometiendo algo que todavía no había consultado.
Esta vez se guardó la noticia.
—Hasta mañana, Dieguito.
Se despidió de Sofia y salió sin deber nada urgente. Esa parte de la tarde también le gustó. Había pasado demasiados días confundiendo las cosas que no podía resolver con las que simplemente estaba dejando para después.
En la calle miró otra vez la dirección.
Estela lo había invitado. No había respondido una quinta llamada por cansancio ni lo había encontrado de casualidad en otro barco. Le había escrito para que fuera a su casa.
Federico tenía treinta y siete años y suficientes motivos para no sacar una conclusión enorme de un mensaje. Al llegar a la esquina ya había imaginado cómo sería desayunar allí.
Se detuvo a comprar empanadas.
Desayuno no. Primero había que llegar a la cena.
