Sección 3 de 5
Hacer lugar
En la mesa cabían los platos, los vasos y la bolsa doblada entre los dos. Federico la retiró para poder verla mejor.
—¿Qué recomendación me hiciste al final? —preguntó.
—Una película.
—Hasta ahí llegué.
—No quiero que la critiques antes de verla.
—Entonces no me cuentes nada.
Ella sonrió. Tenía una forma de contestarle que lo obligaba a escuchar hasta el final. Federico se sorprendió esperando esa sonrisa con una atención que habría querido tener aquella misma mañana frente a la planilla.
Contó una confusión del trabajo sin entrar en detalles. Estela le habló de una reunión larga y de alguien que había tenido el micrófono abierto cuando no debía. Él pudo imaginársela seria ante una pantalla, intentando no reírse, y la imagen le resultó tan cercana que empezó a querer más de aquellas historias pequeñas.
De su ex sabía de memoria a quién no soportaba y cómo había sido el día incluso antes de preguntárselo. Extrañaba a veces aquella facilidad, aunque no quisiera volver a todas las cosas que venían con ella. Con Estela todavía tenía que preguntar. La posibilidad lo entusiasmaba más de lo razonable.
Recordó la invitación de Diego.
Podía decirlo sin importancia. Una cena. Gente. Algo que no exigiera volver a cruzar el río ni esperar otra semana mirando el teléfono.
—Un amigo mío, Diego, me propuso una salida de cuatro. Él con la novia y yo…
Estela dejó el vaso.
Federico oyó su propio final incompleto y entendió que acababa de hacerle una pregunta bastante más grande que dónde le gustaba comer.
—¿Ya me estás organizando la agenda?
—Te estoy consultando.
Ella tomó otra empanada.
—Primero terminá esta cena.
—Está bien. Una cosa por vez.
No le pareció un rechazo. Tampoco había sido un sí. Eligió no mejorar la respuesta por su cuenta, aunque la tentación estaba ahí.
Le preguntó dónde dejaban los platos.
Estela lo acompañó a la cocina. Cuando se inclinó para apoyar el suyo, el mechón volvió a escapársele. Federico estuvo por apartárselo y se detuvo. Ella lo vio levantar la mano.
—¿Qué pasó?
—Se te vino el pelo a la cara.
—Ya sé.
Se lo acomodó detrás de la oreja, sonriendo apenas, y él se sintió descubierto sin haber hecho casi nada.
