Sección 3 de 3
La mesa
El comienzo fue bueno.
Hablaron de cosas pequeñas. Estela le pidió que le contara un problema de la universidad y esta vez escuchó hasta el final. Diego notó la diferencia y se permitió disfrutarla. Al llegar la pizza, ella le acercó un plato; él le rozó los dedos al recibirlo.
El teléfono vibró.
Estela miró y lo dejó junto al vaso sin contestar. Siguieron hablando.
La segunda vibración llegó cuando ella estaba empezando a contar algo. Se interrumpió para leer. Diego esperó con una porción en la mano.
—¿Está todo bien?
—Una amiga. Se peleó con el novio y está a mil.
—¿Querés llamarla?
—No. Si la llamo no corta más. Ya le dije que mañana hablamos.
Diego asintió. La explicación era posible. No tenía por qué resultarle agradable pasar la comida esperando a que otra conversación terminara, pero eso tampoco convertía aquella historia en mentira.
El teléfono vibró otra vez.
Estela leyó el mensaje enseguida. Esa rapidez fue lo que le quedó: no el sonido ni la cantidad, sino lo pendiente que parecía estar de algo que acababa de decir que podía esperar.
Después escribió y dejó el aparato boca abajo.
—Perdoná —dijo—. Ya está.
Diego miró la pizza. Se había enfriado un poco.
—Te estaba contando lo del profesor.
—Sí. Seguí.
Continuó. Estela lo escuchó, pero él empezó a fijarse en cuándo apartaba la vista, en dónde tenía la mano, en si volvería a tomar el teléfono.
No quería examinar cada gesto de su novia. Tampoco podía ordenarse que dejara de haberlos visto.
Más tarde ella buscó su mano sobre la mesa. Diego la tomó.
Por la mañana había pensado que necesitaban una conversación. Ahora estaba con Estela delante, recibiendo la atención que había extrañado, y aun así sentía que algo seguía ocurriendo fuera de su alcance.
Fin de la perspectiva de Diego Kanter.
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