Sección 1 de 6
Las ocho
La puerta se cerró detrás de Ricardo y los chicos. Sofia se quedó unos segundos en el recibidor, escuchando las voces que se alejaban hacia el ascensor.
Todavía había una mochila que revisar, un abrigo que alguien no encontraba, una pregunta sobre lo que iban a llevar a Pinamar. Ahora estaba todo resuelto. El apartamento recuperaba el silencio de los días de teletrabajo.
Fue a buscar el café.
Sobre la mesa había quedado un paquete de galletitas de chocolate. Sacó dos y las puso en un plato. Habitualmente habría elegido otra cosa; esa mañana no tenía ganas de discutir consigo misma por una galletita.
Encendió la computadora y abrió el correo. Entre los mensajes de trabajo encontró uno de la institución donde cursaba el MBA. Lo dejó sin abrir.
No necesitaba que le recordaran los estudios. Los tenía presentes cuando organizaba los gastos, cuando calculaba lo que faltaba, cuando alguien le preguntaba cuánto le quedaba para terminar. La respuesta se había vuelto incómoda. Nunca era mucho, pero nunca podía hacerlo.
Antes, CompuCiudad funcionaba bien. Ahora Ricardo hablaba de importaciones que se complicaban y ventas que no alcanzaban. Ella entendía los números. Entenderlos no hacía más fácil postergar otra vez lo suyo.
Repasó mentalmente las últimas compras de la casa. Las mismas cosas, cada vez menos margen. El MBA seguía ahí, esperando su turno, como si los precios fueran a darle permiso alguna vez.
Abrió Teams.
Buscó el nombre de Diego antes de mirar los demás.
El círculo estaba amarillo.
Apoyó la taza junto al teclado. Él se había conectado, entonces. Simplemente no estaba frente a la computadora.
Tal vez estaba preparando el desayuno.
Tal vez no estaba solo.
Imaginó a la novia de Diego en su casa, una mañana sin apuro, una familiaridad de la que ella no sabía nada. La otra podía llamarlo sin buscar primero una factura que justificara la conversación. Podía quedarse a desayunar, preguntarle qué hacía, tocarle el pelo si se le antojaba.
Mirá qué cómoda, pensó, y enseguida se rio de sí misma. Ni siquiera conocía a la chica y ya le estaba encontrando defectos.
Volvió al correo. A los pocos segundos miró otra vez el círculo amarillo. Le fastidiaba que siguiera ausente, pero también que fuera ella quien estuviera esperando.
Era absurdo.
El jueves había dormido poco. Todavía tenía el cansancio en los ojos y el recuerdo de la oficina demasiado cerca. Eso era todo. Una noche extraña no significaba nada.
Abrió una planilla y buscó dónde había dejado el trabajo.
Unos minutos después volvió a Teams.
Amarillo.
Esta vez cerró Teams y lo abrió de nuevo. Capaz estaba funcionando mal. El amarillo reapareció exactamente donde estaba.
Muy bien, Sofia. Ahora la culpa es de la aplicación.
Miró el reloj y se llevó otra galletita a la boca. En el correo había asuntos pendientes. En Teams, un círculo que de pronto parecía mucho más urgente.
