Sección 3 de 6
La mañana
Durante un rato consiguió trabajar sin mirar el chat. Contestó correos, revisó comprobantes y corrigió un registro. Cuando regresó a la cocina, el café que había dejado en la taza estaba frío.
Tomó agua y fue al baño.
Frente al espejo se encontró con la misma cara de siempre. Se acomodó el pelo, observó las ojeras y recordó la puerta del baño de la oficina, el cruce breve con Diego, todo lo que después no había conseguido sacarse de la cabeza.
Se apartó del espejo.
Tenía cuarenta y dos años. Diego, veintidós.
Ni siquiera sabía por qué necesitaba repetirse las edades. Como si, después de pronunciarlas para sí, fuera a recuperar una distancia que hasta el jueves había existido sin esfuerzo.
Ella estaba casada. Había elegido a Ricardo, había formado una familia. En esa vida los chicos crecerían, terminarían sus estudios y algún día llegarían con sus propias familias. Ella y Ricardo seguirían ahí, más grandes, en la misma vida que habían construido.
Nunca había necesitado imaginar otra.
Ahora un pensamiento bastaba para hacerla sentirse fuera de lugar en su propia casa.
Volvió al escritorio y se sentó. Tenía trabajo pendiente. Empezó por una columna de importes y la revisó despacio, línea por línea.
