Sección 4 de 6
Después de las once
Cuando volvió a escribirle a Diego, ya habían pasado las once.
«¿Tenés un momento? Hay unas cosas que prefiero revisar por llamada.»
Era cierto. Podían hacerlo por mensajes, pero una llamada sería más rápida.
Aceptó cuando apareció la invitación y se vio unos segundos en el recuadro pequeño. La cara, los hombros, el buzo de lana. Acomodó la postura.
Diego apareció del otro lado.
—Hola —dijo él.
—Hola. ¿Cómo venís?
—Bien. Ya cargué lo de ayer. Me quedan las que me mandaste recién.
Sofia abrió la planilla.
Él le explicó lo que había encontrado y ella siguió los importes mientras lo escuchaba. Le gustaba que Diego no necesitara hablar de más para demostrar que estaba trabajando. Cuando había una dificultad, la señalaba. Cuando algo estaba resuelto, seguía.
—Sí, eso dejalo así —dijo—. Después revisamos la otra parte.
Diego asintió.
—¿Y cómo venís con la facultad?
La pregunta salió antes de que Sofia pensara en formularla. Él levantó un poco la mirada.
—Bien. Tratando de llevar todo.
—Trabajo y estudio. No es poco.
—No. Pero por ahora me arreglo.
Sofia sonrió.
—Está bien.
Podía haber vuelto a la planilla. En cambio, esperó.
Diego también pareció esperar algo. La pausa empezaba a resultar extraña cuando él sonrió apenas.
—Igual, tengo suerte con mi jefa. Mis amigos dicen que soy afortunado.
Sofia lo miró.
—¿Y vos qué les andás diciendo de tu jefa?
Sonrió al preguntarlo. Le gustaba imaginarse mencionada en una conversación de Diego con sus amigos, aunque ignorara qué habían dicho. ¿De verdad solo hablaban de trabajo? Quería escucharlo aclarar la frase, pero también dejarlo unos segundos buscando cómo hacerlo.
Él bajó los ojos un instante.
—Nada. Que sos contadora, que estás haciendo un MBA… Que aprendo un montón acá.
Ella dejó de sonreír por un segundo al oír lo del MBA.
Estás haciendo. Dicho así parecía que avanzaba, que había una fecha al final. No una cosa que llevaba demasiado tiempo esperando poder retomar como correspondía.
—Y ellos dicen que eso me va a servir para la carrera —agregó Diego.
—Ah, por eso.
Había algo en su propia respuesta que Sofia no quiso examinar.
Diego volvió a mirar la pantalla.
—Sí.
Ella bajó los ojos a la planilla. Se le ocurrió preguntarle si esos amigos también estudiaban, si se veían seguido, qué pensaban hacer el fin de semana.
Se quedó con la mano quieta sobre el mouse.
Había iniciado la llamada para trabajar. Ahora estaba buscando otra pregunta para que él siguiera hablando de sí mismo.
—Bueno —dijo—. Volvamos a esto.
Diego asintió enseguida.
La rapidez con que recuperó el tono laboral la hizo lamentar su propia frase. Una parte de ella había esperado otra respuesta, menos prolija. Algo que no pudiera archivar entre los méritos de una buena jefa.
Le causó gracia verlo tan aplicado en la explicación. Había conseguido inquietarlo con una pregunta. No necesitaba decir nada más para disfrutar un poco de ese efecto.
Seleccionó una celda y le pidió que comprobara un importe. Él se inclinó hacia la pantalla para leerlo. Sofia esperó la respuesta procurando mirar la planilla.
En el borde seguía abierto el recuadro de Diego.
—Ese está bien —dijo él—. Lo que cambia es la fecha del comprobante.
Sofia volvió a leer la fila.
—Sí. Tenés razón.
Sofia miró su propio recuadro: la cámara solo mostraba la cara y los hombros. Se le ocurrió que podía masturbarse sin que Diego lo supiera. Reconoció el riesgo, pero se convenció de que el encuadre la protegía y decidió hacerlo.
La conversación continuó. Diego le indicó otro registro y ella corrigió la fecha. Un asunto resuelto llevó al siguiente, hasta que quedaron apenas dos documentos por revisar.
—¿Hoy tenés clase? —preguntó Sofia.
—No, hoy no.
—Por fin un descanso.
Él sonrió.
—Más o menos. Siempre queda algo.
—Sí, eso lo conozco.
Se quedó mirándolo mientras él buscaba el último archivo. En la oficina rara vez tenían una conversación así, sin que alguno de los otros interviniera. Pensó que era agradable poder hablar tranquilos.
Le gustaba disponer de esos minutos sin Denis metiéndose en la conversación. Diego prestándole atención a ella, aunque tuviera una planilla abierta delante.
—¿Estás bien, Diego?
Él levantó la vista enseguida.
—Sí. ¿Por?
—Te quedaste callado.
—Estaba buscando esto.
Sofia miró su propia pantalla, aunque el documento todavía no había llegado.
—Ah, bueno. No te apuro.
Mientras él buscaba el documento, Sofia perdió la fila que estaba revisando. Volvió a seleccionar una celda sin leerla. No podía permitirse distraerse así: una pregunta bastaría para dejarla sin respuesta. Se detuvo un momento, procuró atender y después retomó, todavía convencida de que él no podía verla fuera del encuadre.
La respuesta le había salido demasiado rápida. Quizá seguía esperando que ella se impacientara. Recordó otra vez la mañana del jueves y sintió una incomodidad distinta, más sencilla de reconocer.
—Ayer te hablé mal con lo de las facturas —dijo.
Diego dejó de mirar hacia abajo.
—No pasa nada.
—Sí, pasa. Vos me estabas preguntando algo y yo te contesté cualquier cosa.
Él permaneció en silencio un momento.
—Está bien —dijo después—. Ya está.
Sofia asintió. Había querido explicarle que no tenía que ver con él, pero eso abría una conversación sobre el jueves que no sabía dónde terminaría.
—Gracias —dijo.
Diego le mandó el archivo. Revisaron las dos filas pendientes y acordaron qué debía completar él durante la tarde.
Cuando terminaron, Sofia dejó la planilla abierta.
Había llegado al punto en que normalmente habría dicho «bueno, cualquier cosa me escribís» y cortado.
—Nosotros nos vamos a Pinamar hoy —dijo en cambio.
—Qué bueno.
—A la casa de mi suegra. Vamos cada tanto. Los chicos pueden estar afuera, correr un poco.
—Claro.
Ella se escuchó contando algo que Diego no le había preguntado. Por un momento quiso agregar que no tenía tantas ganas de ir. No lo hizo. Sería injusto: los chicos esperaban ese viaje y ella también disfrutaba verlos fuera del apartamento.
—Me falta preparar todo —agregó.
—Entonces te dejo seguir.
—No, todavía tengo tiempo.
Se arrepintió apenas terminó de decirlo. Diego había entendido que la llamada podía terminar. Ella acababa de explicarle que prefería continuar.
Buscó otra vez la planilla.
—¿Querés que te mande también el detalle? —preguntó Diego.
—Sí. Mandámelo.
Él siguió explicando algo y Sofia perdió una parte. Escuchaba su voz, pero había dejado de seguir los números. Tuvo que pedirle que repitiera.
—La fecha —dijo él—. Te preguntaba si dejo la misma fecha.
—Sí, dejala.
Sintió vergüenza de haberlo hecho repetir una pregunta tan sencilla. Si él hubiera sabido en qué estaba pensando, ella no habría podido sostener esa conversación.
Podía cortar. El trabajo estaba resuelto.
Sin embargo, volvió a preguntarle por el archivo. Diego respondió y ella asintió, procurando atender esta vez. Había empezado la mañana convencida de que bastaba con ocuparse de sus cosas; ahora llevaba un rato buscando razones para mantenerlo allí.
En el recuadro pequeño se vio con la expresión seria que conocía. Le resultó extraño que su cara no explicara nada de lo que le estaba pasando.
—¿Sofia?
Levantó la mirada.
—Sí, te escucho.
—No sé si se cortó.
—No. Estoy acá.
Se quedó quieta, incómoda con su propia respuesta. Quería que él siguiera hablando y a la vez necesitaba dejar de sentirse observada.
Diego cerró los ojos durante unos segundos y dejó de hablar. Sofia miró su imagen. ¿Se habría trabado la conexión? Le pareció ver que seguía respirando. Cuando él volvió a mirar la pantalla, ella bajó los ojos al documento. No encontró una explicación para esa pausa.
Poco después comprendió que ya no iba a poder disimular su propia reacción. Apagó la cámara antes de llegar al orgasmo. El micrófono permaneció abierto; no habló.
La llamada siguió conectada. Cuando pudo volver a concentrarse en la pantalla, su primera preocupación fue cuánto habría advertido Diego antes de que desapareciera su imagen.
Después se quedó mirando su nombre en la pantalla.
No había dejado de tener miedo mientras lo hacía. Había interpretado cada pausa como una posible señal de que él notaba algo. Ahora tenía que reconocer ante sí misma lo que había hecho. Había llamado para revisar unas facturas y había terminado cruzando un límite que, esa mañana, no habría sabido admitir que quería cruzar. No sabía qué había notado Diego. Tampoco podía preguntárselo.
Se acomodó el buzo y buscó el botón para volver a mostrar la imagen. Dudó. Podía despedirse así, sin cámara, pero temió que ese final abrupto necesitara una explicación.
Todavía podía terminar la llamada normalmente.
Cuando volvió a encender la cámara, Diego seguía del otro lado.
Sofia acomodó la ventana de la llamada. Había perdido el hilo y no sabía cuánto se le notaba. Miró la planilla para recuperar el lugar donde estaban, pero las filas le parecieron idénticas.
—Bueno —dijo.
Diego levantó la mirada.
Ella no terminó la frase. De pronto le resultaba difícil entender cómo habían llegado a ese silencio, con el trabajo resuelto y la llamada todavía abierta.
Sonó el timbre.
Sofia se sobresaltó y miró hacia la puerta.
—Debe ser la comida. Esperame un minuto.
Se levantó sin pensar en la cámara.
Al salir del escritorio recordó cómo estaba vestida. Se había quedado con el buzo y la ropa interior, cómoda mientras estaba sola. Fue al dormitorio, se puso un pantalón y atendió.
El trámite de recibir la comida le dio unos segundos de conversación sencilla. Agradeció, cerró la puerta y dejó la bolsa en la cocina.
Cuando volvió, vio su silla vacía en el recuadro pequeño.
La cámara había quedado encendida.
Se detuvo antes de sentarse. Desde allí podía ver más de la habitación de lo que había imaginado mientras estaba frente a la computadora.
Diego seguía conectado.
Sofia volvió a ocupar la silla y acercó la mano al mouse. Quería apagar la cámara, pero hacerlo ahora podía llamar más la atención.
—Ya está —dijo.
No consiguió mirar directamente su imagen.
—Bueno —respondió él.
¿Había visto algo?
Por supuesto que había podido verlo. Otra cosa era cuánto, si había estado mirando, si el escritorio había ocultado una parte. Sofia intentó reconstruir el movimiento que acababa de hacer y no pudo. Se había levantado como se levantaba siempre cuando estaba sola.
No estaba sola.
—Voy a cortar, así almuerzo —dijo—. Lo que falta me lo mandás después.
—Sí. Te lo mando a la tarde.
—Gracias, Diego.
Él asintió.
Sofia pulsó el botón para salir antes de encontrar otra cosa que decir. La imagen desapareció.
Durante unos segundos mantuvo la mano sobre el mouse.
No tenía forma de preguntarle qué había visto sin explicar por qué necesitaba saberlo.
Recordó cómo él había procurado hablar normalmente al volver. Si no había visto nada, ella podía quedarse tranquila. Pero entonces, ¿por qué una parte de ella seguía volviendo a la posibilidad contraria? Le importaba saber qué impresión había dejado, y no únicamente para corregirla.
El descuido no había sido intencional. Lo que pensaba después ya no le resultaba tan sencillo de ordenar.
