Sección 2 de 3
La planilla cerrada
Diego la llamó más tarde para revisar una diferencia entre dos importes.
Compartió la pantalla. Había encontrado el origen, pero quería confirmar cómo registrarlo. Sofia lo escuchó, le indicó el criterio y esperó mientras él completaba la celda.
—Ahí está —dijo Diego.
—Perfecto.
Podían despedirse. Era el hueco habitual en que él agradecía y se iba, sin usar la reunión para contarle algo que no hubiera venido a resolver.
Esta vez se quedó mirando la planilla.
—¿Te pasa algo? —preguntó ella.
Diego levantó la vista hacia la cámara.
—No. Estoy medio distraído.
—Eso ya lo noté.
Sonrió para quitarle peso. Él también sonrió un poco, pero enseguida bajó los ojos.
Sofia dejó la taza sobre la mesa. Esperó.
—Es una pavada —dijo Diego.
—Podés contarme una pavada.
Él dejó de compartir la pantalla. Sofia lo vio más grande y enderezó la espalda casi sin darse cuenta.
—Estoy raro con mi novia. O ella está rara conmigo. No sé.
Sofia apoyó una mano sobre el cuaderno abierto. Había estado por agarrar la lapicera; ya no la necesitaba.
—¿Discutieron?
—No. Eso es lo raro. Me dice que está todo bien, pero está como distante. A veces estamos juntos y siento que la estoy interrumpiendo.
Sofia reconoció la frase antes de decidir qué hacer con ella. Estar al lado de alguien que parecía haberse ido a otro sitio era una experiencia demasiado fácil de imaginar.
—¿Hace mucho que lo notás?
—Estos días. Capaz está cansada. Estela tiene bastante trabajo.
Sofia levantó apenas las cejas.
—Mirá vos. Es la segunda Estela que me nombran hoy.
Diego esperó, con una sonrisa pequeña.
—Nombre lindo —agregó ella.
—Sí.
La forma de decirlo le hizo pensar que él todavía estaba tratando de defender algo, incluso allí, hablando de lo que le dolía. No quería convertir a su novia en una mala persona para poder sentirse acompañado.
A Sofia le gustó esa consideración. También le gustó ser quien la estaba recibiendo.
—¿Le pudiste decir esto? —preguntó.
—No así. Le pregunto si pasa algo y me dice que no. Después siento que estoy insistiendo de más.
—Preguntar no siempre es insistir.
Diego asintió despacio.
Sofia estuvo por añadir un consejo. Podía recomendarle que eligiera un buen momento, que hablara con calma, que no llenara las respuestas de Estela con cosas que estaba imaginando. Todo era razonable. Ninguna de aquellas frases explicaba por qué a ella le interesaba tanto que él siguiera ahí.
Lo vio pasarse una mano por el pelo y volver a mirar hacia la pantalla. Tenía esa atención que en la oficina ofrecía en cuanto alguien lo llamaba, sin hacer sentir al otro que estaba robándole tiempo.
Sofia se acercó un poco a la computadora.
—No tenés que resolverlo mientras terminamos una planilla —dijo.
Él soltó una risa breve.
—Perdón. Te estoy contando cualquier cosa.
—Me preguntaste por los importes. Lo otro te lo pregunté yo.
Diego la miró y esta vez sostuvo la sonrisa.
Sofia sintió una satisfacción pequeña, demasiado personal para atribuírsela a haber orientado bien a un empleado. Le había cambiado la cara. Con una frase suya, no con una corrección del archivo.
Le dieron ganas de hacerlo otra vez.
