Sección 3 de 4
La mano
Ricardo se acercó. Había imaginado por un momento otra llegada: ella dejando el bolso, apoyándose contra él, el perfume en el cuello cuando le diera un beso. Nada extraordinario. Le habría alcanzado con sentir que seguía teniendo un lugar al que ella quería volver.
Le llevó una mano a la cintura.
Sofia retrocedió.
—Ahora no.
Ricardo retiró la mano. El rechazo le hizo recordar otros, algunos recientes y otros que quizá no habían sido exactamente rechazos hasta que esa noche decidió reunirlos.
—Claro. Para eso tampoco tenés ganas.
La frase produjo el efecto contrario al que buscaba. Sofia levantó la cara y lo miró con más enojo.
—Tuve un día de mierda. Necesitaba llegar a casa y que me preguntaras qué pasó.
—Yo también tuve un día de mierda.
—No te estoy diciendo que no.
Podría haber preguntado entonces. Tenía la pregunta servida delante: qué había pasado en el trabajo. Pero sintió que hacerlo después de esa indicación sería darle la razón en todo y quedarse él sin contar nada.
Volvió a hablar de los horarios.
Discutieron en voz baja. Ricardo estaba atento a las voces del pasillo y Sofia también. Esa cautela volvía más cortantes algunas frases; ninguno podía descargarlas de una vez y terminarlas ahí.
Ella dijo que no había elegido quedarse para divertirse. Él respondió que todo tenía un límite. Sofia le preguntó por qué el límite tenía que encontrarlo siempre ella.
Ricardo no tenía una respuesta breve. Se quedó con la queja que ya conocía.
Cuando ella fue a despedirse de los chicos, él se sentó en el living.
