Sección 4 de 4
Del otro lado
Encendió el televisor y bajó el volumen. No siguió lo que estaban diciendo.
Desde la cocina llegó el ruido de una copa. Miró hacia allí y vio a Sofia sentada, todavía vestida para trabajar. Se había quitado los zapatos. Una punta de la media asomaba bajo la mesa.
Le resultó íntima aquella imagen. La parte de ella que aparecía cuando nadie de afuera podía verla: el saco abandonado, los pies sin zapatos, el cansancio sin disimular. Quiso acercarse. Después imaginó que volvería a recibir el mismo «ahora no» y se quedó en el sillón.
Esperó hasta que la vio servirse otra copa.
—¿Vas a quedarte ahí?
—Esta noche voy a dormir en la habitación de huéspedes.
Ricardo dejó de mirar el televisor.
La habitación estaba a unos pasos de la suya. Aun así, la frase le produjo una sensación de distancia que no consiguió medir con el tamaño del apartamento.
Se le ocurrió decirle que no exagerara. También preguntarle para qué necesitaba hacer aquello. Las dos respuestas venían con la misma esperanza: que ella cambiara de idea sin que él tuviera que ofrecer nada primero.
Sofia volvió a su copa.
Ricardo permaneció donde estaba.
Después la vio buscar ropa y entrar en la habitación. La puerta se cerró suavemente. Eso le molestó más que un golpe: no parecía un gesto hecho para obligarlo a reaccionar.
Fue hasta la cocina y guardó lo que faltaba. Encontró la copa en la pileta. La lavó, la secó y la dejó en su lugar.
Al pasar por el corredor se detuvo frente a la puerta cerrada. Podía golpear. Podía preguntarle qué había pasado en el trabajo, ahora que no tenía delante la ropa por ordenar ni una discusión que ganar.
Se quedó un momento con la mano cerca de la madera.
Del otro lado no oyó nada.
Siguió hacia el dormitorio.
Se quitó los lentes y los apoyó sobre la mesa de luz. En la cama, el lugar de Sofia estaba todavía hecho. La almohada conservaba una marca pequeña del pelo de la noche anterior.
Ricardo la miró y pensó que, si hubiera llegado antes, quizá no habrían discutido.
Se aferró un rato a esa explicación. Después apagó la luz y encontró demasiado espacio para una sola persona.
Fin de la perspectiva de Ricardo Visiconde.
Continuar con el capítulo 5Un salvavidas en Montevideo ← Todas las historias