Sección 3 de 4
Quedarse
Después de las cinco Diego se fue. Federico salió poco más tarde. Denis tenía un archivo para terminar; podía haberlo dejado para el viernes, como otras veces. Miró hacia el puesto de Sofia y decidió seguir.
No se lo anunció. Una vez solo con ella, encontraría algo que decir.
La puerta del despacho se abrió. Eduardo se despidió y salió. Denis escuchó el ascensor desde el pasillo y fue a buscar agua.
Podía invitarla a tomar algo al terminar. Sofia seguramente diría que tenía que volver a casa. Pero quizá se quedara cinco minutos conversando, quizá se riera otra vez como el martes. La ausencia de los demás hacía que todo pareciera más fácil.
—¿Vos no te vas? —preguntó ella al verlo.
—Ya voy. Me faltaba una cosa.
Era verdad. No era toda la verdad.
Terminó su archivo y esperó hasta verla apartarse del teclado. Se acercó con el vaso de agua.
—Tomá. Tenés una cara de haber discutido con una impresora y perdido.
Sofia se rio.
—Hoy la impresora se portó bastante bien.
Ahí estaba. No costaba tanto.
Se apoyó de lado en el mueble y la escuchó hablar del trabajo. Al principio tuvo que esforzarse por seguir los detalles. Después entendió: Fede había dejado algo incompleto, Sofia había intentado cubrirlo y Eduardo se la había agarrado con ella.
Le dio bronca por ella. También cierta satisfacción por estar ahí, recibiendo una conversación que los demás se habían perdido.
—Y quedé como una idiota —dijo Sofia.
—No tenés que arreglarles la vida a todos.
—¿Y quién me la arregla a mí?
La pregunta lo tomó menos preparado que todas sus bromas. Tenía una frase lista, algo sobre ofrecerse voluntario, pero la dejó sin decir. Ella miraba el vaso y ya no sonreía.
Le puso una mano en el hombro.
Sofia se quedó quieta y aflojó un poco la postura. Denis sintió la tibieza a través de la tela. La cercanía le permitía percibir el perfume sin esperar a que pasara por su puesto. Le miró el pelo, el pequeño mechón suelto junto a la oreja, el lugar donde el cuello desaparecía bajo la blusa.
—Podés dejar que alguien te cuide un rato.
Ella levantó los ojos.
Denis sostuvo la mirada. Le costó seguir escuchando lo que estaba por decir cuando la vio tan cerca, sin el saco, con el cansancio ablandándole la expresión. En su cabeza apareció la imagen de ella volviéndose hacia él y apoyando la cara en su pecho. Él no tendría que explicar nada. Ella tampoco.
—Mirá quién habla —dijo Sofia—. Vos no te cuidás ni el horario.
Sonrió al decirlo. Denis creyó ver que le miraba la boca.
Había pasado años esperando una diferencia. Ahora tenía la oficina vacía, la mano en su hombro y una sonrisa que le pareció distinta. Si volvía a hacer otro chiste, se iría a casa con la misma historia de siempre.
Se inclinó buscando besarla.
Sofia giró la cara y le apoyó una mano en el pecho. Lo apartó antes de que llegara.
—No, Denis. No confundas las cosas.
Él retiró la mano.
—Perdón. Pensé que…
—Pensaste mal.
La voz de ella ya no tenía nada del momento anterior.

