Sección 7 de 7
Un día más
No tenía que volver todavía. Quedaban el domingo a la noche y el lunes, un margen que al comprar el pasaje había pensado utilizar para dejar de mirar el teléfono.
Salió a caminar. En algunas vidrieras se detuvo más de lo necesario, solo porque desde el reflejo podía comprobar la pantalla sin sacar el aparato con tanta evidencia. No había respuesta de Estela.
La imaginó con la familia. Era una explicación posible y además le permitía seguir disfrutando de la ciudad sin admitir cuánto le molestaba el silencio.
El lunes se fue hacia la rambla. Caminó sin apuro, con las manos dentro de la campera, y se sentó un rato mirando el río. El feriado era suyo, por el trabajo en Buenos Aires; no necesitaba que toda Montevideo hubiera detenido su vida para aprovecharlo.
Por momentos el entusiasmo se aflojaba y aparecía la incomodidad de las cuatro llamadas sin respuesta. Federico la empujaba a un costado imaginando una película pendiente, otro viaje o una cena. Tenía la facilidad de construir planes cuando todavía no debía acordarlos con nadie.
Recordó que Estela también volvía ese lunes. Al preparar sus cosas se preguntó si la encontraría en la terminal o en el ferry. Le habría gustado aquella coincidencia sin necesidad de hacer una quinta llamada para pedirla.
Buscó su cara entre los pasajeros. No la vio.
Terminó explicándose que habrían elegido servicios distintos. No tenía manera de saberlo.
Regresó el lunes con la nota que había dejado y el número de Estela convertidos en promesas que ninguno de los dos había hecho. Al llegar a su casa dejó preparado lo del trabajo para la mañana. Por primera vez en varios días le interesó la idea de terminar algo, en vez de ir acumulándolo.
El martes llegó al estudio con esa energía nueva todavía encima.
Sofia lo miró después del saludo.
—¿Le viste la cara a Dios el fin de semana?
Federico dejó la campera sobre la silla.
—Sofia, soy un hombre enamorado de nuevo. Y eso es bueno para vos: voy a salir del pozo y voy a ser un hombre productivo.
Ella se rio.
—Vamos a ver cuánto dura ese amor. Y terminame lo que te pase hoy.
—Todo. Vas a ver.
Diego llegó poco después. Mochila, saludo breve, el gesto habitual de mirar su puesto antes de empezar a acomodarse.
Federico lo llamó antes de que se sentara.
—Dieguito, me enamoré. Estoy en camino de nuevo.
Diego sonrió.
—Bien, Fede. Qué bueno. Hay que hacer una salida: vos con tu mujer misteriosa y yo con mi novia.
Federico imaginó la mesa, una botella, Estela riéndose de alguna historia del trabajo. La imagen le gustó tanto que respondió enseguida.
—Claro que sí, Dieguito. Aún tengo que hacer unos trámites, pero en breve hacemos esa salida.
Los dos se rieron.
Federico encendió la computadora. Antes de abrir el correo miró una vez el teléfono. Seguía sin respuesta, pero dejó espacio en la imaginación para aquella cena de cuatro.
Fin de la perspectiva de Federico Tereira.
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