Sección 1 de 9
El asiento de la ventana
Estela había calculado el fin de semana mientras hacía la valija: los abrazos de su padre, algo rico de su madre, sus hermanos preguntando por Buenos Aires y después burlándose de la respuesta. Mate con su abuela. Rambla. Lucía. El domingo en familia, otro día entero gracias al feriado del lunes y recién entonces el regreso. Esa vez no tendría que salir corriendo apenas terminara el almuerzo.
Cada dos meses, si conseguía hacer rendir el sueldo. El pasaje era demasiado caro para convertir la nostalgia en una costumbre semanal.
Ya sentada en el ferry, guardó el teléfono y acomodó el bolso entre los pies. El asiento de la ventana seguía vacío.
—Creo que me toca ahí.
Levantó la vista. Primero vio una mano apoyada en el respaldo; después, los hombros del hombre que acababa de llegar. Era alto, fuerte, de treinta y tantos. Tenía la campera abierta y el aire de quien había subido con el último llamado todavía en la cabeza.
—Si no me dejás pasar, voy a tener que viajar en tu falda —dijo—. Y me parece que salís perdiendo.
Se rio con una facilidad que la hizo mirar alrededor. Estela odiaba que un desconocido la pusiera en el centro de una escena.
—Entonces más vale que pase.
Se levantó de costado. El bolso le trabó un pie y, cuando intentó correrse, él ya estaba entrando en la fila. Su cuerpo rozó el de ella en el espacio estrecho. Estela giró la cara y apretó los labios.
—Perdón. Está hecho para gente más chica —dijo él.
Ella se sentó, acomodándose la ropa con un cuidado excesivo.
Lo irritante era que había notado su perfume. Y la diferencia entre ese cuerpo y el de Diego, más delgado. No una diferencia que necesitara evaluar. La había evaluado igual.
Durante unos minutos miró al frente.
Después él preguntó si iba por trabajo o de visita, y Estela respondió una frase más larga de lo necesario.
