Sección 1 de 7
Algo que no fuera lo mismo
Federico había abierto tres veces el mismo archivo y seguía sin entender una fila que, cualquier otra semana, habría completado antes del primer café.
En el teléfono no había nada nuevo.
Lo daba vuelta. Trabajaba diez minutos. Lo volvía a mirar.
Su novia lo había dejado después de años juntos y él todavía organizaba los días alrededor de una persona que ya no tenía ninguna obligación de responderle. Llegaba a la noche con las cosas del trabajo pendientes y a la mañana con las de la noche metidas en la cabeza.
Sofia había tratado de cubrir una parte de su desastre. Eduardo había encontrado lo que faltaba. Federico terminó lo que le indicaron, pero terminar un archivo no le devolvió la sensación de estar a salvo.
La cuerda floja no era una frase de Eduardo. Era la que él se repetía cuando veía entrar a su jefe.
El lunes 20 era feriado. Federico hizo la cuenta de los días que podía pasar en Montevideo y compró el pasaje para ir el sábado y volver el lunes. El disgusto económico le duró hasta que su amigo confirmó que podía quedarse en el apartamento.
Le encantaba la ciudad. Le resultaba cara. Tener dónde dormir hacía posible ese pequeño cambio de aire sin fingir que estaba en condiciones de pagarse una vida nueva.
El sábado llegó al ferry con el tiempo justo y encontró una mujer sentada en el asiento del pasillo.
Era menuda. Pelo negro hasta los hombros. Ojos azules que se levantaron hacia él sin ofrecerle todavía una sonrisa.
—Creo que me toca ahí.
Señaló la ventana. No calculó el chiste antes de decirlo.
—Si no me dejás pasar, voy a tener que viajar en tu falda. Y me parece que salís perdiendo.
Ella miró alrededor.
—Entonces más vale que pase.
Federico se metió en la fila, demasiado estrecha para hacerlo con elegancia. La rozó al pasar y vio cómo ella giraba la cara, apretando la boca.
—Perdón. Está hecho para gente más chica.
Se sentó.
Había conseguido molestar a una mujer bonita antes de saber su nombre. Un comienzo excelente.
