Sección 6 de 7
Amor, según Federico
A la mañana siguiente encontró a su amigo y a la novia de este en la cocina.
—Amigos, conocí al amor de mi vida.
Ella dejó la taza en la mesa.
—¿Desde ayer?
—Desde el barco.
Lo dijo como si eso agregara una antigüedad respetable.
Contó el chiste del asiento, las películas, la llamada, la reunión con Lucía. No relató la intimidad. Lo que quería repetir era la forma en que Estela lo había elegido entre el ruido de la noche.
La cuenta crecía con cada versión. Una sonrisa se convertía en una conexión especial. La facilidad de hablar durante el viaje se transformaba en prueba de que se entendían. Federico disfrutaba demasiado de escucharse para distinguir todavía lo que había ocurrido de lo que estaba deseando.
Al principio no la llamó. Debía de estar durmiendo. Después supuso que estaba con la familia: eso sí lo sabía del barco.
Durante la tarde hizo una llamada. No contestó. Volvió a intentar tres veces más, separado por intervalos que a él le parecieron prudentes y que, vistos en la pantalla, formaban una insistencia difícil de disimular.
La última vez se quedó mirando el nombre hasta que terminó el tono.
Se dijo que ella tendría el teléfono en silencio. Después se dijo que quizá no había visto la nota.
No se dijo que podía no querer hablarle. Esa explicación la dejó para otro día.
