Sección 6 de 9
Sin público
Federico seguía junto a la mesa. Estela podía ocupar esa distancia con una conversación, sentarse en el otro extremo del sofá o anunciar que estaba cansada.
Se acercó.
—Te pusiste callado —dijo.
—Estoy tratando de no arruinarlo.
Ella le acomodó el cuello de la camisa. Era un gesto innecesario, mucho más íntimo que cualquier comentario de la noche.
—¿Y qué estarías arruinando?
Él miró su boca. Estela sintió una satisfacción tibia y atrevida: por una vez no había tenido que esconder que quería esa mirada.
Lo besó.
Federico le respondió y después se apartó apenas, sin soltarla.
—¿Querés que me quede de verdad?
—Sí. Pero no me hagas promesas.
La frase salió más seria que las anteriores. Él asintió.
Estela volvió a besarlo.
En el espejo del ambiente se vio junto a él. Reconoció su pelo negro, su propia mano sobre el hombro de Federico y una expresión que no tenía oportunidad de observar en los espejos de su casa. No estaba mirando para corregirse. Estaba mirando porque le gustaba lo que veía.
El nombre de Diego apareció con una claridad que el alcohol no había borrado.
Estela cerró los ojos. Sabía a quién estaba besando. Sabía también quién no estaba allí.
—Más despacio —dijo un momento después.
Federico aflojó el abrazo. La miró, esperando.
Ella se acercó otra vez.
La noche continuó a puertas cerradas. Hubo decisiones que Estela habría dejado sin palabras en Buenos Aires y que allí encontró la manera de expresar. Cuando algo no le gustaba, lo decía; cuando quería seguir, también. La sorpresa de oírse no la hizo arrepentirse en ese momento.
Cuando volvió a mirar la hora, habían pasado cerca de dos horas desde que las amigas se habían ido. El tiempo había perdido el ritmo de las canciones y las rondas de vasos.
Más tarde pasó al dormitorio. El cansancio llegó después, cuando ya no había música ni necesidad de seguir siendo graciosa. Federico le acercó la manta. Estela alcanzó a verlo buscar papel sobre la mesa antes de quedarse dormida.
