Sección 3 de 9
Pocitos
El sol sobre Montevideo no había conseguido quitarle el frío al aire. Al salir, se cerró la campera. La luz del río le resultó familiar antes que cualquier edificio.
En casa sus padres la recibieron hablando los dos a la vez. Su padre le sacó el bolso; su madre quiso saber si había comido. Uno de sus hermanos apareció para comentar que, ahora que vivía en Argentina, seguramente necesitaba una invitación formal para venir.
—Vos seguí y no te traje nada —le dijo Estela.
Era mentira. Había traído algo.
Llamó a Diego apenas pudo apartarse del ruido.
—Llegué bien.
Él tenía la voz espesa del sueño.
—¿Qué tal el viaje?
—Bien. Se me pasó rápido.
Miró el teléfono como si fuera a mostrarle lo que había omitido.
Diego preguntó por sus padres, ella le transmitió saludos y terminaron hablando de la comida del sábado. Estela estuvo a punto de indicarle qué podía prepararse. Le dio risa pensar que incluso al otro lado del río él podía conseguir que le organizara un almuerzo.
Después vino el mate con su abuela y el paseo con su madre. A una cuadra estaba la rambla. Caminaron con las manos protegidas dentro de los abrigos, haciendo planes modestos para las horas que quedaban.
Su madre comentó cuánto costaban algunas compras. Estela pensó en el pasaje, en los precios de Buenos Aires y en todas las cuentas que había hecho para estar allí. No dijo nada. Esa tarde no quería traducir cada abrazo a una cifra.
A las ocho tenía que estar en lo de Lucía. Le avisó a Diego que iba a reunirse con ella y unas amigas; él le deseó que la pasara bien.
