Sección 2 de 9
Hasta la otra orilla
No supo en qué momento dejó de vigilar sus propias respuestas.
Él trabajaba en administración. Ella le contó que era ingeniera en sistemas y que trabajaba para clientes de Estados Unidos. Hablaron de reuniones que podrían haber sido correos y de películas que empezaban bien y terminaban haciendo perder dos horas.
—Vos sos de las que esperan a que termine todo para decir que no les gustó —dijo él.
—Y vos de los que hablan durante la película.
—Depende de con quién la mire.
Estela le sostuvo la mirada un segundo. Después sonrió mirando sus manos.
La conversación había encontrado un ritmo peligroso: ella decía algo y esperaba verlo reír; él se inclinaba para escuchar y ella bajaba un poco la voz, aunque alrededor no hubiera tanto ruido. A veces sus brazos quedaban cerca sobre el apoyabrazos. Estela se corría apenas, sin alejarse del todo.
Pensó en nombrar a Diego. Hubo un hueco perfecto cuando hablaron de películas. Podía haber dicho «mi novio». Dijo «la vi hace poco».
No era una mentira. Esa precisión la tranquilizó menos de lo que esperaba.
Antes de bajar compararon los planes de regreso. Los dos habían aprovechado el feriado argentino del lunes para quedarse hasta ese día. A Estela le gustó comprobar que, por una vez, no tenía que elegir entre ver a Lucía y pasar tiempo con su familia.
Cuando empezaron a bajar, él le pidió el teléfono.
—Así me recomendás alguna que no sea una porquería. Soy Federico.
—Estela.
Anotaron los números. Ella lo guardó como Federico ferry y sintió que ese apellido improvisado volvía la decisión menos importante.
Él alzó el teléfono.
—Después te escribo.
—Dale.
Estela se alejó con el bolso al hombro. Todavía tenía en la cara una sonrisa que no sabía dónde guardar.
