Sección 9 de 9
En casa
Cuando Diego llegó, Estela ya había dejado el bolso junto a la pared y se había lavado la cara. Abrió antes de que terminara de llamar.
Él tenía una bolsa pequeña en la mano.
—Traje para hacer unos sándwiches. Capaz no habías comido.
Estela lo abrazó. La bolsa quedó entre los dos hasta que Diego consiguió apartarla. Ella se quedó con la cara junto a su cuello, reconociendo un olor que la noche anterior no había estado allí.
—Te extrañaba —dijo.
Diego le acarició la espalda.
—Yo también.
Estela lo besó con una urgencia que le habría gustado no tener que interpretar. Lo había querido antes de viajar. Lo quería ahora. Entre las dos certezas había una noche que no sabía cómo poner en palabras.
—Perdón por cortarte así —dijo cuando se separaron.
—Me cayó mal. Te estaba preguntando cómo habías pasado.
Bajó la mirada hacia la bolsa.
—Ya sé. Estaba hecha un desastre.
Diego asintió, todavía serio. Después fue hacia la cocina y le preguntó dónde había dejado un cuchillo.
Estela agradeció aquella pregunta concreta. Pudo responderla sin borrar ninguna parte.
Comieron sentados cerca, sin hacer de la vuelta anticipada una ceremonia. Él le contó una dificultad de sus apuntes. Ella preguntó algo y tuvo que pedirle que lo repitiera porque había perdido el hilo. Diego lo atribuyó al cansancio; Estela no lo corrigió.
Más tarde apoyó la cabeza en su hombro. Cuando él le pasó un brazo por la espalda, ella buscó su mano y entrelazó los dedos.
No quería que cada caricia fuera una disculpa secreta. También quería recibirlas. El cuerpo podía guardar a la vez el recuerdo de Federico y esa necesidad de quedarse cerca de Diego; descubrirlo le resultó más incómodo que cualquier explicación que se hubiera dado durante el viaje.
El lunes seguía siendo feriado. Había vuelto un día antes y ahora lo tenía para estar con él. Al pensar en el teléfono guardado junto al bolso, Estela apretó un poco su mano.
Fin de la perspectiva de Estela Contreras.
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