Sección 5 de 9
El hombre del barco
Federico ocupó demasiado espacio incluso antes de sentarse.
Lucía lo saludó como si llevara meses oyendo hablar de él. Estela quiso protestar por la confianza, pero le gustó verlo integrado a la reunión. Le ofrecieron un vaso; él aceptó uno y se quedó junto a la mesa.
Estela se sentó en el brazo del sofá. Había otros lugares. Eligió ese porque desde allí podía hablarle sin alzar la voz.
—Ya veo que fuera del barco sos más peligrosa —dijo él.
—Vos no viste nada.
Lucía hizo un ruido con la boca. Estela le lanzó una mirada que significaba callate y seguí al mismo tiempo.
Federico se volvió hacia ella. Estela notó sus ojos detenerse un instante en el lugar donde terminaba el borde de su blusa y empezaba su cuello. No se acomodó la tela. Se inclinó a buscar una servilleta que no necesitaba.
Había placer en conseguir una reacción tan pequeña. Le bastaba comprobar que él la estaba mirando.
Bailaron junto al sofá cuando Lucía subió una canción. Estela no necesitaba sostenerse de nadie; apoyó una mano en el brazo de Federico porque quiso hacerlo. Él miró la mano antes de acercarse un poco.
Eso le gustó también.
Cerca de las dos las otras quisieron salir. Estela había dejado de beber y estaba cansada de imaginar filas, música más fuerte y otro lugar donde había que gritar para conversar.
—Yo me quedo —dijo.
Lucía la miró, después miró a Federico.
—¿Acá?
—Sí. No tengo ganas de salir.
Federico guardó su teléfono.
—Si querés, me quedo.
Estela le sostuvo la mirada.
—Quiero.
Lucía le dejó una manta sobre el respaldo y la besó en la mejilla. Las otras dos salieron detrás de ella, todavía discutiendo qué lugar quedaba más cerca.
Cuando la puerta se cerró, el apartamento pareció cambiar de tamaño.
