Sección 7 de 9
El domingo
Se despertó con sed y la cabeza pesada.
Durante unos segundos creyó estar en Buenos Aires. Después reconoció las cortinas de Lucía y vio el papel.
*Llamame cuando te despiertes. Fede.*
Se quedó sentada en el borde de la cama, con la nota entre los dedos.
Lo recordaba. El primer beso. La pregunta. Lo que había dicho ella. El espejo.
No podía refugiarse en una noche borrada, y tampoco quería fingir que todo había sido indiferente. Había disfrutado de sentirse deseada. Le había gustado ser la que se acercaba. Ahora esos recuerdos y el nombre de Diego convivían sin dejarle una respuesta cómoda.
No llamó.
Volvió a casa de sus padres y encontró el almuerzo casi pronto. Su madre le miró la cara.
—¿Dormiste algo?
—Poco. Tomé de más.
Era cierto. La parte que faltaba no cabía en esa mesa.
Su padre le sirvió comida. Uno de sus hermanos contó una anécdota y se rio antes del final. Estela hizo el esfuerzo de seguirlo. Por momentos lo conseguía. Después veía, con una nitidez inoportuna, su propia expresión en el espejo de Lucía.
Se acomodó en la silla. El cuerpo conservaba el cansancio de una noche larga. La memoria conservaba algo menos fácil de explicar.
Terminó el almuerzo y se acostó. Diego llamó antes de que lograra dormir.
—¿Cómo pasaron anoche?
—Bien. Nos quedamos en lo de Lucía. Yo tomé demasiado y me dormí ahí.
—¿No fueron a bailar?
—Las otras sí.
—¿Y vos te quedaste sola?
Estela miró la pared.
La pregunta podía ser curiosidad. Podía ser la forma normal de completar una historia mal contada. A ella le sonó como si Diego hubiera apoyado un dedo justo donde dolía.
—Me quedé en el apartamento.
—Te preguntaba porque…
—Ah, ta, Diego. No seas tóxico.
Cortó.
El silencio inmediato no la alivió. Había oído su propia dureza y sabía que Diego no había demostrado nada. Le resultó más fácil enojarse con sus preguntas que responderlas.
Federico llamó poco después. Estela dejó que el teléfono sonara. Volvió a llamar tres veces más durante la tarde.
En una de ellas tuvo el dedo sobre el botón verde. Pensó en su voz, en la facilidad con que se había reído en el barco y en lo que ocurriría si contestaba.
Lo dejó apagarse.
