Sección 4 de 9
Con Lucía era distinto
Lucía abrió la puerta, la abrazó y le hizo dar una vuelta sobre sí misma.
—Mirá quién vino. Dejame ver cómo estás.
—Estoy igual.
—Eso lo decido yo.
Había dos amigas adultas a las que Estela conocía poco, música y dos botellas de whisky sobre la mesa. Cuatro vasos. Hielo. El abrigo de Lucía tirado sobre una silla que ya parecía reservada para cualquier cosa menos sentarse.
Se conocían desde el jardín de infantes. Lucía sabía hacerla hablar sin preguntar demasiado. Le bastaba levantar una ceja o repetir una palabra con otra intención. Estela podía pasar una semana callada en Buenos Aires y recuperar allí una carcajada que parecía haber dejado guardada en ese apartamento.
Diego había oído su nombre muchas veces. Nunca las había visto juntas.
Estela contó lo del hombre del ferry empezando por el chiste de la falda, como si lo único importante fuera lo desubicado que había sido.
—¿Y era feo? —preguntó Lucía.
—No.
—Ah. Terrible lo que te pasó.
Las otras se rieron.
Estela también recordó la mano de Federico en el respaldo y el tamaño de sus hombros. El pensamiento apareció tan claro que le dio vergüenza haberlo convocado delante de todas, aunque ninguna pudiera verlo.
Fue bebiendo despacio al principio. Después perdió la cuenta exacta de los brindis, pero no de dónde estaba ni de lo que decía. Se rio más fuerte, discutió por una canción y empezó a hablar con las manos. Lucía la llamó Wonder Woman cuando la vio decidir por todas dónde tenían que ir a bailar.
Para medianoche habían dejado las botellas a un lado. Había comida sobre la mesa y Estela pidió agua antes de volver a discutir por la música. Seguía sintiendo el alcohol; también sabía que no quería seguir sumándolo.
El teléfono sonó.
Federico ferry.
Atendió antes de darse tiempo para reconsiderarlo.
—Hola, mi capitán.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Me tirás un salvavidas, marinero musculoso?
Las risas alrededor hicieron que Estela se tapara un oído. Él también se rio.
—Te paso a buscar y salimos a bailar, si querés.
—Bueno. Pero somos cuatro.
El silencio breve del otro lado le resultó delicioso.
—Entonces mandame la dirección.
Estela lo hizo. Después apoyó el teléfono boca abajo y se descubrió deseando que llegara antes de que las amigas cambiaran de plan.
