Sección 3 de 7
La pregunta
El domingo terminó de comer y la llamó.
Estela atendió con una voz cansada.
—¿Cómo pasaron anoche?
—Bien. Nos quedamos en lo de Lucía. Yo tomé demasiado y me dormí ahí.
—¿No fueron a bailar?
—Las otras sí.
—¿Y vos te quedaste sola?
La pregunta le salió antes de decidir si hacía falta. Quería entender el plan: las amigas habían salido, ella había quedado durmiendo, entonces quién estaba allí cuando se despertó. También había una incomodidad menos ordenada debajo de esa curiosidad. Estela hablaba como si cada respuesta tuviera que ser la última.
—Me quedé en el apartamento.
—Te preguntaba porque…
—Ah, ta, Diego. No seas tóxico.
La llamada terminó.
Diego miró la pantalla.
Le había preguntado si se había quedado sola. No dónde había estado cada minuto ni con quién había hablado. Podía comprender que estuviera con resaca; eso no hacía agradable que lo tratara como si hubiera empezado a vigilarla.
Pensó en volver a llamar. Dejó el teléfono sobre la mesa.
No quería continuar una discusión que ella ya había cortado, ni convertir el silencio en una competencia para ver quién escribía primero.
Abrió los apuntes. Leyó una línea y la frase volvió: no seas tóxico.
Se preguntó si la pregunta había sonado celosa. Quizá un poco. No le gustaba imaginar hombres acercándose a su novia mientras él estaba allí, armando la semana frente a un cuaderno. Eso no significaba que creyera que había pasado algo. Era una imagen que su cabeza podía fabricar sin ayuda.
No tenía ningún nombre para ponerle. Tampoco un hecho.
La forma de contestar le había molestado más que la noche que no podía ver.
