Sección 2 de 5
Su casa
El martes terminó de trabajar y recogió la taza. Ordenó dos papeles. Guardó el cargador que cruzaba el piso y volvió a sacarlo porque podía necesitarlo.
Se detuvo en medio del apartamento.
Diego había estado allí. Conocía dónde estaban los vasos y qué silla convenía mover para pasar. No había nada suyo que esconder para convertir el lugar en otro. Eso la incomodó más de lo que la habría incomodado encontrar una camisa: era su casa, y estaba eligiendo a quién abrirle.
Le había escrito a Diego que esa noche quería quedarse tranquila y que hablarían al día siguiente. Él había respondido *Dale, descansá*. Estela no agregó una excusa de trabajo. Tampoco corrigió lo que él había entendido.
En el cuarto se puso un vestido negro, corto y sencillo. Se recogió el pelo, se miró y deshizo el nudo. Con el pelo suelto se sintió demasiado preparada. Lo apartó de la cara y volvió a mirarse. Esta vez lo dejó así.
Qué ridículo que un hombre que ya la había visto reírse a carcajadas en lo de Lucía pudiera ponerla nerviosa por un peinado.
Probó una sonrisa en el espejo. La sonrisa salió mal. Se rio de verdad y se alejó antes de empezar de nuevo.
A las ocho menos unos minutos eligió una película. No leyó hasta el final de qué trataba.
Cuando sonó el portero, se quedó quieta un instante.
—¿Sí?
—El de la recomendación.
Bajó la cabeza, sonriendo hacia el aparato.
—Subí.
