Sección 3 de 5
A esta distancia
Federico apareció con una bolsa de comida y la campera cerrada. Parecía todavía más alto en aquel pasillo estrecho.
Estela se apartó para dejarlo pasar. Él se inclinó a saludarla y le dio un beso en la mejilla. La normalidad del gesto la desconcertó: había ensayado cómo recibirlo y ninguna de sus versiones incluía sentirse un poco decepcionada por un saludo correcto.
Cerró la puerta.
—¿Te doy esto o lo sigo usando de escudo? —preguntó él, levantando la bolsa.
Estela la recibió.
—¿De qué son?
—Carne y queso. Ante la duda, no innové.
—Bien. Con una película mala ya tenemos suficiente riesgo.
Federico se quitó la campera. Ella hizo lugar sobre una silla y se volvió justo cuando él estaba terminando de mirarla.
No pudo saber dónde había empezado aquella mirada. Le alcanzó ver que no la retiró de golpe.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Me gusta verte acá.
Su primera respuesta fue acomodarse el vestido. Se detuvo con los dedos sobre la tela.
—Yo vivo acá.
—Ya sé. Quise decir…
—Entendí.
Le salió más bajo de lo que esperaba.
La cocina quedaba a pocos pasos. Estela dejó la bolsa, abrió una alacena y sacó dos platos. Se movía con la ventaja de conocer el espacio; lo oyó quedarse cerca, esperando alguna indicación. Le gustó que en su casa él no supiera dónde poner las manos.
—Los vasos están ahí —dijo, señalando.
Federico abrió la puerta equivocada.
—La otra.
—Estoy haciendo un reconocimiento.
—Vas lento.
Cuando se volvió con los vasos, estaban lo bastante cerca para que ella tuviera que levantar la cara.
Podía retroceder y dejarlo pasar. Se quedó.
Federico apoyó los vasos antes de mirarla otra vez. Ese cuidado tan sencillo —dejar libre lo que tenía en las manos— le hizo perder la frase que estaba por decir.
Él sonrió apenas.
—Ahora sí te quedaste callada.
Estela se acordó de haberle dicho algo parecido en Montevideo. Lo recordó también.
—No me ayudes tanto —murmuró.
—¿Con qué?
Ella apoyó una mano en su brazo.
El beso empezó con una torpeza pequeña: Federico se inclinó cuando ella todavía estaba levantando la cabeza. Estela sonrió contra su boca y él se apartó lo suficiente para verla.
—Nos falta práctica —dijo.
—A vos.
Esta vez fue ella la que se acercó.
Cuando se separaron, el apartamento seguía teniendo una bolsa de empanadas sobre la mesada y dos platos vacíos. A Estela le gustó reconocerlo así. Había pasado la tarde preparándose para que ocurriera algo y ahora lo que quería era quedarse un rato allí, sin apurarlo.
Le rozó la manga antes de retirar la mano.
—Vamos a comer.
