Sección 1 de 5
La noche anterior
Ricardo llegó tarde el miércoles, con olor a vino y esa amabilidad excesiva que le quedaba después de beber con amigos. Cerró la puerta con cuidado, dejó las llaves en el cuenco de la entrada y habló en voz baja para no despertar a los chicos. Desde afuera, cualquiera habría visto al mismo hombre correcto de siempre: camisa bien puesta, lentes impecables, una sonrisa capaz de disculpar el retraso antes de mencionarlo.
Sofia no estaba de humor para esa sonrisa.
Había cenado sola con los chicos, revisado mochilas, juntado platos y respondido dos mensajes de trabajo mientras esperaba una explicación que no llegaba. Cuando Ricardo intentó abrazarla en el dormitorio, ella se apartó.
—Ahora no.
Él preguntó qué le pasaba como si no pudiera imaginarlo. Sofia le recordó la hora. Ricardo contestó que solo había estado con amigos, que no era para tanto. La conversación avanzó por el camino conocido: él se defendía, ella trataba de explicar por qué estaba cansada y, de algún modo, terminaba sintiéndose exagerada.
Ricardo quiso acercarse otra vez. Sofia reconoció la intención antes de que la tocara.
—Te dije que no.
La expresión de él cambió apenas. No levantó la voz. Nunca necesitaba levantarla para dejar el malhumor instalado en la habitación. Se quitó los lentes, los apoyó sobre la mesa de luz y se acostó de espaldas.
Sofia permaneció despierta varios minutos, mirando la oscuridad. Estaba enojada con él y también consigo misma, porque incluso en esa situación una parte de ella seguía midiendo cada palabra para evitar una pelea mayor.
