Sección 2 de 5
Jueves 9 de junio
El cielo despejado la había engañado. Sofia había salido con una blusa demasiado liviana y ya en el auto se había arrepentido. Después de dejar a los chicos en el colegio, manejó hacia el centro con los hombros tensos, esperando que la calefacción terminara de calentarle las manos.
La radio seguía encendida desde que había dejado a los chicos. En el noticiero hablaban de inflación y de lo que costaba llenar el changuito. Sofia escuchó a medias. Bastante tenía con hacer esas cuentas en casa como para seguir haciéndolas camino al trabajo. Bajó el volumen. La discusión de la noche anterior seguía ocupándole mucho más espacio que cualquier noticia.
Llegó a la oficina cerca de las ocho. Atravesó el hall del edificio antiguo, subió y abrió la puerta del apartamento adaptado donde funcionaba la empresa. El ambiente principal ya tenía luces encendidas. Escuchó teclas, una silla que se arrastraba y el murmullo de una computadora al arrancar.
Los aires estaban en modo calor al máximo, pero junto a las ventanas seguía sintiéndose frío. Sofia se frotó las manos. La blusa blanca no alcanzaba; agradeció haber dejado en la oficina la polera verde y se la puso antes de sentarse. El pantalón negro y los zapatos con un poco de taco completaban un conjunto que para ella no tenía nada de especial: ropa de trabajo, sobria, repetida muchas veces.
No había alcanzado a abrir el correo cuando Diego apareció junto a su escritorio.
Llevaba una camisa celeste y uno de sus pantalones oscuros. Tenía el pelo algo desordenado, como casi siempre, y sostenía unas hojas con ambas manos.
—Disculpá, Sofia. ¿Sabés si llegaron las facturas de…?
Ella sintió la irritación antes de escuchar el final.
—No sé, Diego. Esas cosas las tenés que tener ordenadas vos. No podemos perder media mañana cada vez que falta un papel.
Él se quedó quieto un instante. No discutió ni bajó la mirada como un chico reprendido. Simplemente asintió, serio.
—Está bien. Las busco de nuevo.
Volvió a su sector sin agregar nada.
Sofia abrió el primer correo y se arrepintió casi enseguida. Diego había sido educado. Siempre lo era. Su pregunta tampoco justificaba la forma en que ella le había contestado. Pensó en llamarlo, pero ya tenía el teléfono sonando y una lista de asuntos pendientes que parecía haberse reproducido durante la noche.
La mañana se volvió una sucesión de proveedores, números y pequeñas fallas. Una planilla tenía datos incompletos. Una llamada se extendió más de lo necesario. La impresora se negó a tomar el papel y Sofia descargó sobre la máquina una bronca que no tenía nada que ver con ella.
Desde su escritorio veía fragmentos del resto de la oficina: la cabeza oscura de Diego inclinada hacia la pantalla, Denis moviéndose con la comodidad de quien se sentía dueño de cualquier lugar, las divisiones entre los cubículos y la puerta del despacho del jefe.
Necesitó una carpeta que no estaba donde debía.
—¿Quién tiene la carpeta de proveedores?
Denis respondió desde su sector:
—Está acá. La dejaste vos la semana pasada. ¿No te acordás o el mal humor te está borrando la memoria?
Sofia giró despacio hacia él.
—Es la última vez que me hablás así.
Denis sonrió y le guiñó un ojo. El gesto fue tan descarado que la tomó desprevenida. Sofia soltó una risa breve, más de incredulidad que de diversión, y señaló con un dedo como advertencia.
Conocía el interés de Denis. Él jamás se había esforzado demasiado en ocultarlo. Le contaba aventuras con mujeres, le pedía consejos que rara vez necesitaba y tanteaba límites con el encanto despreocupado que usaba para todo. A Sofia no le atraía. Nunca le había dado motivos para pensar lo contrario, y estaba convencida de que él lo sabía.
La carpeta estaba en el estante inferior. Sofia se agachó para alcanzarla, incómoda por la tela ajustada del pantalón y por el frío que todavía sentía en las piernas. No pensó en los hombres detrás de ella. Pensó en la carpeta, en las facturas y en todo lo que debía terminar antes del descanso.
Cuando se incorporó, Diego estaba concentrado en su monitor. Denis conservaba una sonrisa que ella atribuyó a la reprimenda.
Regresó a su escritorio.
