Sección 5 de 5
Esa noche
En casa, la rutina recuperó su forma habitual. Cena, conversaciones con los chicos, cosas que guardar para el día siguiente. Ricardo se mostró correcto, como si la discusión de la noche anterior se hubiera agotado por sí sola.
Cuando quedaron solos, Sofia fue quien se acercó.
No sabía si buscaba reconciliarse, probarse algo o apagar la inquietud que la había acompañado desde el baño de la oficina. Besó a Ricardo con una decisión que lo sorprendió. Él respondió enseguida.
Sofia cerró los ojos.
Al principio intentó concentrarse en su marido: en el olor conocido de su piel, en el roce de su barba, en el peso familiar de sus manos. Pero la memoria del baño apareció sin permiso. La mesada de mármol. El pantalón de Diego. Aquella forma imposible de ignorar.
Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera ordenar el pensamiento. Sintió calor en el pecho, en el vientre, en la cara interna de los muslos. Buscó a Ricardo con una intensidad poco habitual, tratando de convertir la fantasía en movimiento y de esconder, incluso de sí misma, a quién estaba viendo con los ojos cerrados.
Ya no imaginó el dormitorio.
Imaginó el baño de la oficina, la puerta trabada y a Diego frente a ella. La vergüenza tranquila de él desaparecía en su fantasía y dejaba lugar a una presencia que nunca le había visto. La diferencia entre su cuerpo delgado y lo que ocultaba bajo la ropa ocupó toda la escena mental.
Ricardo terminó antes que ella. Sofia continuó, todavía perdida en esa imagen, hasta que él se tensó y le pidió que parara porque lo estaba lastimando.
La voz de Ricardo rompió la fantasía.
Sofia se apartó de inmediato. Durante un instante no supo dónde mirar. Él se dio vuelta, molesto, y poco después quedó inmóvil de espaldas.
Ella apagó la luz y se acostó boca arriba.
La excitación no había desaparecido. Seguía concentrada en el cuerpo como una presión sin destino. Cerró los ojos, intentó pensar en los chicos, en las facturas, en el horario del día siguiente. Todo terminaba conduciéndola al mismo lugar: la puerta del baño abriéndose, Diego a centímetros de ella y la tela oscura revelando algo que él creía haber ocultado.
Le avergonzó desear saber más.
También le avergonzó que la diferencia con Ricardo hubiera irrumpido en su cabeza con tanta claridad. Durante años había sostenido, con absoluta sinceridad, que el tamaño no importaba. Seguía creyéndolo. O quería seguir creyéndolo. Pero esa noche la curiosidad tenía una forma concreta y el rostro reservado de un empleado al que había tratado con brusquedad esa misma mañana.
Ricardo respiraba con regularidad a su lado.
Sofia cambió de posición una vez, después otra. Cuando por fin se durmió, habían pasado cerca de tres horas.
Fin de la perspectiva de Sofia Ashford.
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