Sección 3 de 5
El baño
Cerca del mediodía, Diego anunció que le dolía el estómago. Lo dijo sin dramatismo, casi como si pidiera disculpas por necesitar levantarse. Sofia apenas apartó la vista de la pantalla.
Unos minutos después, ella también fue hacia el baño. Era el único del apartamento y quedaba junto al pasillo que comunicaba el ambiente principal con la antigua cocina. La puerta se abrió justo cuando llegaba.
Diego salió con una rapidez contenida. Frenó para no chocar con ella.
—Perdón —dijo.
—No pasa nada.
Él se hizo a un lado. Sofia bajó la vista apenas para calcular el espacio entre los dos y vio la forma marcada bajo el pantalón.
No fue una mirada deliberada. Duró menos de un segundo. Aun así, la imagen tuvo una precisión incómoda: un volumen demasiado evidente, desproporcionado para la delgadez de Diego y difícil de confundir con un pliegue de la tela. El pantalón ajustado no ayudaba a disimularlo.
Sofia levantó la vista de inmediato. Diego ya avanzaba hacia su escritorio, rígido pero aparentemente ajeno a lo que ella acababa de notar.
Entró al baño y puso la traba.
Durante unos segundos se quedó de pie, con una mano todavía sobre el pestillo. Después se miró en el espejo y levantó las cejas.
—¿Qué tenía ahí? —murmuró.
Se sintió ridícula. Podía haber sido cualquier cosa. Una arruga, una prenda mal acomodada. Pero la imagen regresó con la misma claridad: la tela proyectada hacia adelante, la forma gruesa que no parecía compatible con ninguna explicación inocente.
Usó el baño y trató de pensar en el trabajo. Al lavarse las manos encontró una gota blanquecina sobre la mesada de mármol, cerca del borde del lavabo.
La observó sin entender. Acercó un poco la cara, no demasiado. El reconocimiento llegó con retraso y le produjo una mezcla inmediata de rechazo y sorpresa.
Semen.
Miró la puerta cerrada. Recordó a Diego saliendo, su disculpa rápida, el pantalón todavía deformado.
—No puede ser —dijo en voz baja.
Sintió asco por la falta de cuidado. También indignación. Era el baño de todos, no un lugar privado para hacer semejante cosa. Pensó que debía hablar con él, obligarlo a limpiar, decirle que esa conducta era inadmisible.
Pero detrás de la indignación apareció otra sensación, más difícil de aceptar.
Curiosidad.
Volvió a ver mentalmente el contorno bajo la tela. Diego era joven, delgado, reservado. En la oficina ocupaba poco espacio incluso cuando estaba presente. Nada en su manera de moverse preparaba para aquella desmesura oculta. El contraste la desconcertó más que la imagen misma.
Después apareció una ternura absurda. Imaginó su vergüenza si supiera que ella lo había descubierto. Pobre chico, pensó, y enseguida se reprendió. Tenía veintidós años, no era un nene. Y lo que había hecho no era precisamente inocente.
Limpió la mesada con papel, se lavó otra vez las manos y salió sin decir nada.
Diego estaba sentado frente a la computadora. Trabajaba con la misma concentración de siempre, como si los últimos minutos no hubieran existido. Sofia pasó cerca de él y sintió una conciencia nueva de su cuerpo: los hombros bajo la camisa, la espalda recta, las piernas firmes que asomaban bajo el escritorio.
Volvió a su lugar.
No consiguió enojarse como había planeado.
