Sección 2 de 6
La llegada de Sofia
Sofia entró cerca de las ocho con una expresión que hizo innecesario cualquier saludo prolongado. Llevaba el pantalón negro y una blusa blanca liviana. Se frotó las manos y, antes de sentarse, se puso la polera verde que guardaba en la oficina.
Diego esperó apenas un momento. Llevó las hojas hasta su escritorio y se detuvo a una distancia prudente.
—Disculpá, Sofia. ¿Sabés si llegaron las facturas de…?
—No sé, Diego. Esas cosas las tenés que tener ordenadas vos. No podemos perder media mañana cada vez que falta un papel.
La respuesta le produjo un golpe breve de bronca. Había revisado todo dos veces. Preguntar no era perder el tiempo; era tratar de resolverlo antes de que el problema creciera.
No discutió. Sofia era su jefa y, además, no parecía dispuesta a escuchar ninguna explicación.
—Está bien. Las busco de nuevo.
Regresó a su escritorio con las hojas en la mano.
Durante unos segundos pensó que era una mal cogida. La expresión apareció completa, automática, y lo hizo sentirse un poco culpable aunque nadie pudiera oírla. Después imaginó una explicación contraria: quizá había pasado la noche con el marido y no había dormido. Tal vez por eso estaba agotada y de mal humor.
No tenía forma de saberlo. Conocía poco de la vida de Sofia fuera de la oficina. Sabía que estaba casada, que tenía dos hijos y que hablaba de su familia con la naturalidad de alguien cuya vida estaba perfectamente organizada. Diego suponía que era feliz. Una mujer como ella debía de haber elegido bien.
Volvió a buscar las facturas.
La mañana avanzó entre el sonido de las teclas, llamadas a proveedores y las quejas de Sofia contra la impresora. Diego la escuchaba sin verla. El cubículo de ella era más grande y quedaba en un ángulo que ocultaba el escritorio desde donde él trabajaba.
Cada golpe fuerte sobre el teclado confirmaba que no era un buen día para acercarse.
