Sección 4 de 6
El baño
Cerca del mediodía, la excitación se había convertido en una presencia física imposible de ignorar. El pantalón que había elegido esa mañana era el más ajustado de los pocos que tenía. Permanecer sentado empeoraba la presión y levantarse frente a los demás podía volverla evidente.
Intentó pensar en números. Abrió otra planilla. Revisó una columna completa sin comprenderla y tuvo que empezar de nuevo.
Las imágenes regresaban: Sofia agachándose frente al estante, el encaje blanco, la voz de Denis afirmando que algún día estaría con ella. Cada vez que Denis aparecía, Diego lo reemplazaba consigo mismo. La comparación alimentaba el deseo en lugar de apagarlo.
Se levantó con cuidado.
—Me cayó mal algo. Voy al baño.
Nadie hizo preguntas.
Cruzó el pasillo, entró y puso la traba. El silencio del baño le resultó inmenso después del ruido de la oficina. Apoyó las manos en la mesada y respiró frente al espejo.
Podía lavarse la cara y volver. Era lo razonable.
No lo hizo.
La ropa ya no conseguía ocultar la excitación. El cierre y la cintura del pantalón le comprimían el cuerpo hasta volver dolorosa cualquier postura. Diego se abrió el pantalón para aliviar la presión y volvió a enfrentarse con la característica física que más le costaba manejar.
El espejo le devolvió una imagen extraña: arriba, el muchacho delgado de camisa celeste que todos conocían; debajo de la cintura, una proporción que parecía pertenecer a otro cuerpo. Su tamaño era excepcional y se volvía todavía más llamativo por el contraste con su contextura. Lo sabía desde hacía años. También sabía cuánto tardaba en ceder una erección y lo difícil que resultaba acomodarse después dentro de un pantalón ajustado.
En otros hombres habría sido una fuente de orgullo visible, una historia para contar o una ventaja para exhibir. En él producía una mezcla incómoda de conciencia y vergüenza. No dudaba de su cuerpo ni necesitaba fingir modestia: simplemente no podía imaginarse mostrándolo con la soltura con que Denis hablaba de sus conquistas. Sabía lo que tenía y sabía también que jamás sería capaz de comportarse como si eso le otorgara algún derecho sobre una mujer.
Cerró los ojos.
La fantasía regresó con Sofia dentro del baño, a centímetros de él. Imaginó primero su mirada descendiendo, la sorpresa inevitable y el silencio. Después imaginó que ella no retrocedía. Que la severidad de su cara se ablandaba y que lo observaba con una curiosidad semejante a la que él sentía por ella. En esa versión imposible, Sofia dejaba de verlo como al empleado joven que ordenaba facturas y descubría al hombre que él mantenía escondido detrás de la camisa, la educación y las respuestas breves.
El deseo le endureció el abdomen y le volvió irregular la respiración. Cada ruido del otro lado de la puerta lo obligaba a quedarse quieto: una silla arrastrándose, un teléfono, pasos que parecían acercarse y luego se alejaban. El peligro de que alguien intentara entrar aumentaba la urgencia y, al mismo tiempo, la vergüenza.
Denis reapareció por momentos. No como participante deseado, sino como comparación: su voz, su seguridad, la facilidad con que había reclamado para sí un futuro con Sofia. Diego sintió celos de una escena que probablemente no existía y, aun así, la utilizó para intensificar la suya.
Se masturbó con rapidez, tratando de no producir ningún sonido. La fantasía cambiaba con cada oleada de excitación: Sofia contra la puerta, Sofia pronunciando su nombre, Sofia mirándolo sin la distancia profesional que mantenía todos los días. Por momentos aparecía Denis junto a ella y los celos volvían la escena más intensa; entonces Diego lo borraba y ocupaba otra vez su lugar.
La tensión acumulada desde el cubículo cedió después de unos minutos en una descarga más intensa de lo habitual. Tuvo que afirmarse contra la mesada. Los músculos del vientre permanecieron contraídos y el pulso le golpeó en los oídos mientras intentaba recuperar el aire sin delatarse.
Durante unos segundos observó su reflejo. La cara enrojecida, la camisa todavía abotonada, el pantalón abierto: todo le parecía incompatible con el empleado silencioso que había cruzado la oficina diciendo que le dolía el estómago.
La vergüenza llegó casi enseguida.
Se limpió deprisa, revisó el piso, la mesada y el frente de su ropa. Creyó haber eliminado cualquier rastro. Sin embargo, su cuerpo tardaba en recuperar la normalidad: el volumen seguía siendo evidente y el pantalón ajustado volvía imposible acomodarlo sin que la tela revelara demasiado.
Tenía que salir antes de que alguien golpeara la puerta.
