Sección 4 de 5
La cámara
Sofia le contó que esa tarde se iban a Pinamar, a la casa de su suegra. Diego pensó que debía tener cosas que preparar.
—Entonces te dejo seguir.
—No, todavía tengo tiempo.
—¿Querés que te mande también el detalle? —preguntó.
—Sí. Mandámelo.
Siguió explicando, pero ella le pidió que repitiera. Él también había perdido parte del hilo y tuvo que mirar el documento antes de recordar qué estaba preguntando.
—La fecha. Te preguntaba si dejo la misma fecha.
—Sí, dejala.
Contestaban como si siguieran trabajando. Diego se descubrió buscando en la pantalla una respuesta que ya habían acordado. Cuando Sofia volvió a preguntar por el archivo, contestó sin estar seguro de haber entendido todo.
Más tarde se quedó callada.
—¿Sofia?
—Sí, te escucho.
—No sé si se cortó.
—No. Estoy acá.
Al llegar al orgasmo, Diego cerró los ojos durante unos segundos y dejó de hablar. Cuando volvió a mirar la pantalla, Sofia seguía allí. No sabía cómo habría interpretado ella ese momento. Procuró recuperar la postura habitual y esperó alguna pregunta que lo obligara a explicar la pausa.
No llegó. Poco después la imagen de Sofia desapareció. El nombre de ella ocupó su lugar.
Diego esperó. No preguntó por qué había apagado la cámara; podía estar atendiendo algo de la casa. Se quedó mirando su nombre, temiendo que volviera con una pregunta sobre lo que acababa de ver. Abrió el documento para tener una respuesta de trabajo preparada. No supo de ninguna otra cosa que hubiera ocurrido del lado de ella.
Cuando Sofia reapareció, él levantó la vista.
—Bueno —dijo ella.
Sonó un timbre.
—Debe ser la comida. Esperame un minuto.
Sofia se levantó antes de apagar la cámara. Durante un instante Diego vio que llevaba ropa interior debajo del buzo. Después quedó la silla vacía.
Se quedó inmóvil un instante. La silla vacía no le ayudó a dejar atrás lo que había visto. Era Sofia, la misma que corregía las facturas y repartía tareas; de pronto le resultaba imposible pensar solamente en esa versión de ella.
Volvió a la planilla, pero ya no estaba leyendo. No sabía si ella se había dado cuenta de lo que acababa de mostrar. No tenía motivo para atribuirle una intención; un olvido era perfectamente posible.
Cuando regresó, quiso mirarla para ver si ella sabía. A la vez, temía que su propia expresión le diera la respuesta.
Mantuvo los ojos en la pantalla y procuró actuar como si la pausa no hubiera tenido nada de particular. Pensó que Denis habría encontrado una frase para hacerla reír. Él apenas consiguió preparar un «bueno».
—Ya está —dijo Sofia.
—Bueno.
—Voy a cortar, así almuerzo. Lo que falta me lo mandás después.
—Sí. Te lo mando a la tarde.
—Gracias, Diego.
Asintió y la llamada terminó.
Lo primero que sintió fue alivio de que ella no hubiera hecho otra pregunta. Luego pensó que no podía saber si había notado algo. Su despedida había sido normal. Eso era todo lo que tenía.
